labios temblando un poco, vació la
mitad y lo volvió a poner sobre la mesa.
—Está anocheciendo —dijo, para
despejar la atmósfera.
—¡Sí!
—contestó
Robert,
arrastrando de nuevo las chancletas, que
marcaban su trayectoria hacia el
interruptor de la luz.
La luz surgió, descolorida y
polvorienta. Procedía de una bombilla
solitaria cubierta por una tulipa de
porcelana, y puso de manifiesto diversos
objetos, como ceniceros desportillados
y cajas de cerveza apiladas cerca de una
puerta; y todo ello en un entorno
amarillento de pintura descolorida. Unos