UN AGUJERO EN LA ALAMBRADA | Seite 21

chanclas por el suelo de la taberna, chocó contra una silla y se acercó al peón caminero, con la botella en la mano. —Primero págame —dijo. Rafistole alzó la mirada hacia el dueño y comprendió que no estaba de buen humor. Así es que se inclinó sin prisas, rebuscó en su bolsillo, que parecía inmenso, y sacó un viejo portamonedas de los tiempos de su abuela. Tiró tres monedas, que tintinearon en el mármol y alegraron al dueño del bar. Robert le llenó el vaso sin derramar una sola gota. Rafistole lo levantó con cuidado, lo acercó a sus