chanclas por el suelo de la taberna,
chocó contra una silla y se acercó al
peón caminero, con la botella en la
mano.
—Primero págame —dijo.
Rafistole alzó la mirada hacia el
dueño y comprendió que no estaba de
buen humor. Así es que se inclinó sin
prisas, rebuscó en su bolsillo, que
parecía inmenso, y sacó un viejo
portamonedas de los tiempos de su
abuela. Tiró tres monedas, que
tintinearon en el mármol y alegraron al
dueño del bar. Robert le llenó el vaso
sin derramar una sola gota. Rafistole lo
levantó con cuidado, lo acercó a sus