ventanal adornado con unos visillos
opacos por tanta mugre, y de espaldas al
gran espejo picado donde bailaban las
postales sujetas con cinta adhesiva.
Al oírle, el gordinflón de Robert
dejó de mirar la calle y a los niños, giró
sobre sí mismo lentamente y dio algunos
pasos que resonaron en la tarima que
había detrás del mostrador. Abrió un
armario. Todos los ruidos se ampliaban
por la falta de claridad, y se convertían
en el centro de atención. Después de
remover muchas botellas, sacó una de
litro de vino blanco que primero
desempolvó y seguidamente descorchó.
Después, el hombre, arrastrando sus