UN AGUJERO EN LA ALAMBRADA | Page 19

Estaba secando unos vasos para el aperitivo, detrás de su mostrador, mientras miraba a través de los cristales a los chicos, sentados delante de su puerta desde las dos de la tarde. Dentro del oscuro local del café, atestado de mesas y sillas de un color parduzco, alguien se movió. Era el único cliente, el peón caminero Rafistole, que acababa de darse cuenta, decepcionado, de que su vaso estaba vado, y hacia ruido con los pies con el propósito de que no le dejasen totalmente en el olvido. Se había instalado en su rincón favorito, único sitio capaz de recibir un poco de luz de la plaza, cerca del