Estaba secando unos vasos para el
aperitivo, detrás de su mostrador,
mientras miraba a través de los cristales
a los chicos, sentados delante de su
puerta desde las dos de la tarde.
Dentro del oscuro local del café,
atestado de mesas y sillas de un color
parduzco, alguien se movió. Era el único
cliente, el peón caminero Rafistole, que
acababa de darse cuenta, decepcionado,
de que su vaso estaba vado, y hacia
ruido con los pies con el propósito de
que no le dejasen totalmente en el
olvido. Se había instalado en su rincón
favorito, único sitio capaz de recibir un
poco de luz de la plaza, cerca del