satisfacción. Después sacó del bolsillo
de su camisa un cigarrillo que se llevó a
la boca. Y como iba a ofrecerle uno a
Raclot, el jefe, éste se adelantó:
—No, aquí no. No soy tan tonto
como para fumar a veinte metros de la
escuela; sobre todo, chaval, que mañana
empezamos por la clase de moral…
Jocrisse captó la indirecta y guardó
sus cigarrillos. Y, como no tenía otra
cosa que hacer, se rascó un pie.
— ME PREGUNTO qué estarán planeando
ahí —masculló Robert, el dueño del
café de la Clique.