así, van a sospechar cualquier cosa. Se
lo dirán a nuestros padres y acabaremos
sin poder salir…
—¡Pues es verdad! —dijo un
grandullón apodado Jocrisse y que
parecía el apóstol de la prudencia. En
aquel momento estaba sentado en la
acera, con los pies en la calzada, y
lanzaba verticalmente unas piedrecitas
que le servían de tabas. Los otros le
miraban sin inmutarse, esperando el
ansiado momento en que fallara, para
tomarle el pelo.
Pero Jocrisse no perdió y guardó
cuidadosamente sus piedrecitas de la
suerte, con una gran sonrisa de