UN AGUJERO EN LA ALAMBRADA | Page 17

así, van a sospechar cualquier cosa. Se lo dirán a nuestros padres y acabaremos sin poder salir… —¡Pues es verdad! —dijo un grandullón apodado Jocrisse y que parecía el apóstol de la prudencia. En aquel momento estaba sentado en la acera, con los pies en la calzada, y lanzaba verticalmente unas piedrecitas que le servían de tabas. Los otros le miraban sin inmutarse, esperando el ansiado momento en que fallara, para tomarle el pelo. Pero Jocrisse no perdió y guardó cuidadosamente sus piedrecitas de la suerte, con una gran sonrisa de