los caminos.
El muchacho saltó por las ramas y
las cercas, atravesó barbechos, saltó
riachuelos, tropezó con algunos
matorrales. En menos de una hora había
reunido a los otros en la plaza de
Courquetaines, delante del café de la
Clique.
—¿Y qué? —le preguntaron.
—Pues que me han cogido, eso es
todo.
—¿Y quién demonios ha sido?
—El viejo Beauras. Siempre está
donde no debe. Estaba escondido detrás
de un tronco de árbol. No había dado yo
ni dos pasos en el bosque, cuando se me