—¡Oh, no, señor! ¡No le diga nada!
—Ya veremos —respondió el cabo
dejando entrever una sonrisa—. ¡Venga,
fuera! ¡Lárgate! ¡Sal pitando! Y que no te
vuelva a ver por aquí cerca, ¿entendido?
Grisón salió corriendo. Hay que
reconocer que la historia de las fresas
era una excusa de lo más tonta. Era una
locura querer engañar al cabo con
semejante pretexto. En fin…, mala
suerte haber caído en sus garras.
Después de haber dejado el sendero,
justo al llegar a la zona, habría sido
mejor esconderse en la maleza y, así,
correr menos riesgos. Da la impresión
de que los gendarmes solamente vigilan