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La señora Burrows se encontraba en la sala de estar de Humphrey House, una
residencia que pretendía ser un lugar de recuperación, o «un respiro de nuestras
preocupaciones cotidianas», si se hacía caso del folleto. La sala de estar era el reino en
que ella gobernaba. Había tomado posesión de la butaca más grande y más cómoda de
la sala, así como del único escabel que había. Y, para poder aguantar toda la tarde
viendo la televisión, había embutido, entre el brazo y el cojín de la butaca, una bolsa
de frutas caramelizadas. Había conseguido persuadir a uno de los ordenanzas de la
residencia para que la proveyera de manera habitual de aquel tipo de cosas,
comprándolas en la ciudad. Y casi nunca las compartía con otros pacientes.
Cuando terminó la serie Vecinos, zapeó a una velocidad frenética por los otros
canales. Dio varias vueltas por todos ellos, y no encontró nada que le interesara.
Completamente frustrada, quitó el sonido de la tele y recostó la cabeza contra el
respaldo de la butaca. Echaba de menos su enorme videoteca de películas y programas
de televisión favoritos con la misma intensidad con que una persona normal
lamentaría la pérdida de un brazo.
Lanzó un suspiro largo y desconsolado, y la irritación amainó, dejando en su lugar
una vaga sensación de indefensión. Se había puesto a tararear a boca cerrada la
melodía de Urgencias, en tono triste y desesperado, cuando la puerta se abrió de
golpe.
—Aquí está otra vez —murmuró la señora Burrows para sí mientras la
supervisora entraba tan campante en el salón.
—¿Algo nuevo, cielo? —preguntó la supervisora, una mujer delgada como un
palo y con el pelo gris, que se recogía muy prieto en un moño.
—Nada… —respondió con inocencia la señora Burrows.
—Hay alguien que quiere verla. —La supervisora se fue derechita a las ventanas y
descorrió las cortinas para que la luz del día entrara en el salón.
—¿Visitas, yo? —respondió sin entusiasmo la señora Burrows protegiéndose los
ojos de la luz. Sin levantarse de la butaca, trató de meter los pies en las zapatillas, un