—¡Es impresionante! —dijo Chester.
—Sí. Las llaman lámparas de styx. Realmente hay muy pocas. Y esto es lo mejor
—dijo, y abriendo la grapa de muelle que tenía por la parte de atrás, la encajó en el
bolsillo de la camisa. Apartó las manos y movió el pecho apuntando a Will y después
a Chester, con la lámpara firmemente sujeta en su sitio, mientras el haz de luz les daba
a ellos en la cara, obligándolos a cerrar los o jos.
—Manos libres —observó Will.
—Absolutamente libres. Muy útil si uno va caminando. —Se inclinó para mirar el
contenido de la caja—. ¡Hay más! Si todas están como ésta, puedo preparar una para
cada uno.
—Guay —comentó Chester.
—Así… —comenzó a decir Will, al mismo tiempo que la idea tomaba forma en su
cabeza—, así que toda esta casa, todo esto… ¡era para los styx!
—Sí —respondió Cal—. ¡Creía que lo sabíais! —Hizo un gesto que quería decir
que eso le parecía demasiado obvio incluso para comentarlo—. Ellos vivirían aquí, y a
los coprolitas los guardarían en las cabañas que hay fuera.
Will y Chester se miraron perplejos.
—¿Los guardarían? ¿Para qué?
—Para utilizarlos como esclavos. Durante un par de siglos se les hizo extraer de
las minas lo suficiente para el abastecimiento de la Colonia. Ahora es diferente: ahora
los coprolitas trabajan para comer y para poder comprar las esferas de luz que
necesitan para vivir. Los styx ya no los obligan a trabajar como esclavos.
—Muy amable de su parte —comentó Will con sequedad.