confeti pero, a pesar de todo, le fascinaban los oscuros nombres de los autores y los
títulos absurdamente largos. Estaba empeñado en encontrar algún libro del que
hubiera oído hablar, cuando descubrió algo curioso.
En uno de los estantes inferiores había un grupo de volúmenes todos iguales que
carecían de título. Después de quitar la suciedad acumulada de los lomos, Will vio que
tenían una encuadernación de color burdeos oscuro y que cada volumen ostentaba
unas estrellitas de oro diminutas en tres alturas equidistantes.
Inmediatamente, intentó sacar uno de los volúmenes, pero a diferencia de los
otros libros, que le habían decepcionado arrojando la acostumbrada avalancha de
polvo de sus páginas desintegradas, éste se resistía a salir, como si estuviera sujeto en
su sitio. Y lo que era más extraño aún: el mismo libro parecía sólido. Lo volvió a
intentar, pero el libro siguió sin salir, así que eligió otro volumen de la serie y trató de
sacarlo, con el mismo resultado. Pero esta vez notó que el conjunto entero, que
ocupaba aproximadamente medio metro del estante, se movía ligeramente al tirar con
más fuerza. Se emocionó al pensar que por fin había encontrado algo que se podía
leer y, perplejo por el hecho de que los libros parecieran haberse pegado unos a otros,
utilizó ambas manos para extraerlos todos.
Así salieron, todos los volúmenes juntos, y él los dejó en el suelo, a sus pies.
Estaba encantado de que pesaran tanto y de que las páginas parecieran intactas vistas
desde arriba. Sin embargo, no conseguía comprender por qué no podía desprender
ninguno de los libros de los demás. Palpó la parte de arriba de las páginas, metiendo
la uña para ver si podía separar unas páginas de otras, pero tampoco lo logró. A
continuación golpeó los volúmenes con el nudillo de un dedo. Sonó a hueco, y al
repetir la operación con una moneda quedó claro que no eran de papel, sino de
madera tallada con mucho esmero para imitar las hojas cortadas desigualmente, como
en los libros antiguos. Palpó por la parte de atrás hasta encontrar un cierre, que abrió
presionando. Con un crujido, la parte superior se levantó toda entera. Era una tapa,
con una bisagra que no quedaba a la vista. Y no se trataba de libros: era una caja.
Emocionado, levantó a toda prisa la tela hecha jirones que tapaba el contenido, y
miró dentro de la caja. El oscuro interior de roble contenía unos objetos extraños.
Sacó uno de ellos y lo examinó con ansiedad.
Se trataba obviamente de una especie de lámpara. Consistía en un cuerpo
cilíndrico, de unos ocho centímetros de longitud, que llevaba adosada en un extremo
una pieza circular con una gruesa lente de cristal en el interior. En la parte de atrás del