Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 95

comenzaba con el otro oído, metiendo el dedo en él repetidamente. Will hizo un gesto negativo con la cabeza, y empezó a revolver en la mochila en busca de ropa limpia.
Tras sacar la ropa, empleó un instante en examinarse el hombro, preguntándose si sería hora de cambiar la venda de la herida. Por entre los cortes que tenía en la camisa, miró la zona con cautela, y después se dio cuenta de que necesitaba quitarse la camisa para examinar bien el estado de la herida.
— Dios mío, Will, ¿ qué te ha pasado?— dijo Chester, olvidando su oído al tiempo que palidecía completamente. Había visto la amplia zona de un color rojo intenso que se transparentaba por el vendaje del hombro.
— Fue en el ataque del perro de presa— explicó Will. Se mordió el labio, y lanzó un gemido al levantar la venda para observar la herida—. ¡ Ah!— exclamó—. Supongo que me vendría bien una nueva cataplasma.— Volvió a coger la mochila y a rebuscar por los bolsillos laterales en busca de la venda de repuesto y los paquetitos de polvos que le había dado Imago.— No pensé que había sido tan grave— comentó Chester—. ¿ Necesitas ayuda?— No, gracias … Además, ya está mejor— dijo, pero se le notaba claramente que estaba mintiendo.— Vale— dijo Chester, en cuya cara todavía se reflejaba la repugnancia que le causaba ver aquella herida y, aunque intentó sonreír, sólo logró hacer una mueca.
Y, pese a su inicial reacción ante el esfuerzo de Chester por adecentarse, también Cal terminó aprovechando la oportunidad, y en cuanto regresó Will, fue a lavarse con agua tibia.
Parecía que las horas pasaban más despacio en el interior de la casa, como si se tratara de un lugar aislado del mundo exterior. Y el absoluto silencio que invadía las estancias contribuía a provocar la impresión de que la misma casa se hallaba dormida. Aquella calma contagiaba a los tres muchachos, y entre siesta y siesta de las que se echaban en la larga mesa de la biblioteca, usando las mochilas como almohadas, no hacían el menor esfuerzo por hablar entre ellos.
Pero Will estaba nervioso y no lograba conciliar el sueño. Para pasar el rato, siguió con su examen de la biblioteca, preguntándose quién habría vivido en la casa. Pasaba de un estante a otro leyendo los títulos grabados en los lomos de las antiguas encuadernaciones hechas a mano, que en su mayor parte exhibían arcanos temas religiosos y debían de haber sido escritos varios siglos atrás. Era una actividad frustrante, porque sabía que en su interior las páginas no eran ya más que polvo y
comenzaba con el otro oído, metiendo el dedo en él repetidamente. Will hizo un gesto negativo con la cabeza, y empezó a revolver en la mochila en busca de ropa limpia.
Tras sacar la ropa, empleó un instante en examinarse el hombro, preguntándose si sería hora de cambiar la venda de la herida. Por entre los cortes que tenía en la camisa, miró la zona con cautela, y después se dio cuenta de que necesitaba quitarse la camisa para examinar bien el estado de la herida.
— Dios mío, Will, ¿ qué te ha pasado?— dijo Chester, olvidando su oído al tiempo que palidecía completamente. Había visto la amplia zona de un color rojo intenso que se transparentaba por el vendaje del hombro.
— Fue en el ataque del perro de presa— explicó Will. Se mordió el labio, y lanzó un gemido al levantar la venda para observar la herida—. ¡ Ah!— exclamó—. Supongo que me vendría bien una nueva cataplasma.— Volvió a coger la mochila y a rebuscar por los bolsillos laterales en busca de la venda de repuesto y los paquetitos de polvos que le había dado Imago.— No pensé que había sido tan grave— comentó Chester—. ¿ Necesitas ayuda?— No, gracias … Además, ya está mejor— dijo, pero se le notaba claramente que estaba mintiendo.— Vale— dijo Chester, en cuya cara todavía se reflejaba la repugnancia que le causaba ver aquella herida y, aunque intentó sonreír, sólo logró hacer una mueca.
Y, pese a su inicial reacción ante el esfuerzo de Chester por adecentarse, también Cal terminó aprovechando la oportunidad, y en cuanto regresó Will, fue a lavarse con agua tibia.
Parecía que las horas pasaban más despacio en el interior de la casa, como si se tratara de un lugar aislado del mundo exterior. Y el absoluto silencio que invadía las estancias contribuía a provocar la impresión de que la misma casa se hallaba dormida. Aquella calma contagiaba a los tres muchachos, y entre siesta y siesta de las que se echaban en la larga mesa de la biblioteca, usando las mochilas como almohadas, no hacían el menor esfuerzo por hablar entre ellos.
Pero Will estaba nervioso y no lograba conciliar el sueño. Para pasar el rato, siguió con su examen de la biblioteca, preguntándose quién habría vivido en la casa. Pasaba de un estante a otro leyendo los títulos grabados en los lomos de las antiguas encuadernaciones hechas a mano, que en su mayor parte exhibían arcanos temas religiosos y debían de haber sido escritos varios siglos atrás. Era una actividad frustrante, porque sabía que en su interior las páginas no eran ya más que polvo y