por el que había ido Cal. Gritando el nombre de su hermano, fue asomando la cabeza
por cada puerta hasta que llegó a la pequeña habitación que estaba justo al final,
donde encontró al niño.
—¿Qué ocurre? ¿Qué has hecho? —preguntó.
Cal no respondió. Miraba el grifo fijamente. Cuando Will hizo lo mismo, vio que
de él rezumaba un líquido espeso y oscuro como miel, pero después empezó a salir
agua clara a borbotones, para alegría y sorpresa de los dos hermanos.
—¿Crees que se podrá beber? —preguntó Will.
Sin tardanza, Cal acercó la boca al chorro para probarla.
—¡Mmm, está estupenda! No le encuentro ninguna pega. Para mí que viene de un
manantial.
—Bueno, ¡al menos hemos resuelto el problema del agua! —lo felicitó Will.
Después de atracarse de comida, Chester durmió varias horas sobre la mesa de la
biblioteca. Cuando finalmente se despertó y se enteró por Will de lo que habían
descubierto, fue a echar un vistazo por sí mismo y no regresó en un buen rato.
Cuando por fin volvió, tenía la piel de la cara y el cuello rojos e irritados, porque
se le había agravado evidentemente el eccema de tanto frotarse la incrustada suciedad.
En cuanto al pelo, lo tenía mojado y peinado hacia atrás. El aspecto que tenía de
pronto, tan limpio, le recordó a Will cómo habían sido no hacía tanto tiempo. Le trajo
recuerdos de Highfield y de otra época de vida más llevadera, antes de que
descubrieran la Colonia.
—Esto ya es otra cosa —murmuró Chester con cierta timidez, evitando la mirada
de los otros dos. Cal, que había estado echando una siesta en el suelo, se irguió y, sin
despertar del todo, observó a Chester entre adormilado y divertido.
—¿Por qué te has hecho eso? —le preguntó con sorna.
—¿No te has olido últimamente? —contraatacó Chester.
—No.
—Yo sí te he olido —dijo Chester arrugando la nariz—. ¡Y no resulta nada
agradable!
—Bueno, a mí me parece que has tenido una gran idea —se apresuró a decir Will
para ahorrar a su amigo más bochornos, aunque los comentarios de Cal no parecían
haberle molestado en absoluto. Chester estaba sólo preocupado por algo que tenía en
la uña del dedo meñique, que acababa de utilizar para limpiarse enérgicamente el oído.
—Y yo voy a hacer exactamente lo mismo —proclamó Will al tiempo que Chester