habitaciones para labores domésticas, y estaban todas más o menos igual de vacías, así
que volvieron al vestíbulo, donde Will abrió la puerta que daba a una de las escaleras.
—¡Eh, tíos! —dijo—. ¡Es una biblioteca!
Salvo por dos ventanales que tenían los postigos cerrados, las paredes estaban
cubiertas con estanterías de libros desde el suelo hasta el techo. La sala tenía unos
treinta metros cuadrados, y cerca del extremo había una mesa, alrededor de la cual
yacían, volcadas en el suelo, dos sillas.
Los tres dirigieron la vista al mismo tiempo a las huellas del suelo. Era difícil no
verlas en medio de la, por lo demás, intacta alfombra de polvo. Dentro de una de esas
huellas, Cal puso su bota para comparar la talla. Entre su puntera y la de las huellas
había un par de centímetros de diferencia. El y Will se miraron, éste le hizo un gesto
afirmativo con la cabeza, y se pusieron a escudriñar cada rincón de la sala.
—Los pasos van hacia allí —susurró Chester—. Hacia la mesa.
Las huellas iban de la puerta donde estaban los muchachos a las estanterías y
después daban varias vueltas alrededor de la mesa para desaparecer tras ella en un
confuso revoltijo.
—Quienquiera que fuese —comentó Cal—, volvió a salir. —Se agachó para
examinar otras huellas menos evidentes que pasaban por las estanterías y después
describían varias curvas de camino a la puerta.
Will se había internado más en la biblioteca y sostenía en alto la luz para
escudriñar en las esquinas.
—Está vacío —confirmó a los otros, que se reunieron con él junto a la larga mesa.
Se quedaron callados, escuchando el revoloteo de los murciélagos y sus
ocasionales y agudos chillidos, al otro lado de los postigos.
—No pienso volver a salir hasta que se hayan ido todos esos bichos asquerosos —
dijo Chester apoyándose en la mesa. Dejó caer los hombros de cansancio y resopló.
—Sí, yo también creo que deberíamos quedarnos aquí un rato —aceptó Will,
quitándose la mochila y colocándola en la mesa junto a Chester.
—Pero ¿vamos a ver el resto de la casa o no? —presionó Cal a su hermano.
—No sé vosotros, pero yo necesito comer algo antes —intervino Chester.
Will notaba cómo, de repente, su amigo había empezado a arrastrar las palabras y
sus movimientos se habían vuelto torpes, todo a causa de la fatiga. La caminata y la
lucha con los murciélagos lo habían agotado, evidentemente. Pensó que debía de
sufrir aún las secuelas del duro trato que había recibido durante su cautiverio.