10
Will y Cal caminaron por el polvo hasta la puerta de la casa y dirigieron sus luces al
lugar que señalaba Chester. Tenía razón: el borde de la puerta había sido forzado. Y no
hacía mucho, a juzgar por el color que mostraba la madera allí donde se había roto.
—Me parece reciente —observó Chester.
—Esto no lo hemos hecho nosotros, ¿verdad? —preguntó Will a Cal, que negó
con la cabeza—. Creo que deberíamos echar un vistazo a la casa, sólo para quedarnos
tranquilos —propuso.
Los tres juntos avanzaron por el vestíbulo hasta llegar ante un par de grandes
puertas que abrieron de golpe. Ante ellos se iban levantando oleadas de polvo que
eran como un anticipo a sus propias pisadas. Pero incluso antes de que empezara a
asentarse el polvo, se quedaron sobrecogidos por el tamaño de la sala y sus
impresionantes detalles. La altura del zócalo y las elaboradas molduras del techo (una
intrincada celosía de escayola que dibujaba su tejido por encima de su cabeza) daban
una clara muestra de su antiguo esplendor. Podía haber sido un salón de baile o de
banquetes de etiqueta, dadas sus dimensiones y su situación en la casa. Caminando
por el medio del salón, no podían evitar sonreírse a causa de lo inesperado e
inexplicable que resultaba todo aquello.
Will estornudó varias veces a causa del polvo, que le irritaba la nariz.
—Os diré algo —comentó, sorbiéndose la nariz y restregándosela.
—¿Qué? —preguntó Chester.
—Que la limpieza de este salón deja mucho que desear. Está peor que mi
habitación.
—Sí, decididamente la doncella ha pasado por alto esta estancia —dijo Chester
riéndose. Y cuando imitó el movimiento de pasar por el suelo la aspiradora, Will y él
se echaron a reír.
Cal los observaba haciendo gestos de negación con la cabeza, como pensando que
se habían vuelto locos. Los chicos siguieron su exploración, caminando suavemente
por el polvo para mirar las estancias contiguas. La mayor parte eran tan sólo