cerca. Aunque tenía la cara hecha una pena a causa de la pelea con los policías, se
había limpiado la sangre y había hecho todo lo posible por disimular los moretones
más escandalosos. Lo había logrado utilizando su estuche de maquillaje, algo que
llevaba siempre con ella, dado que su falta de pigmentación, su albinismo, la obligaba
a usar una combinación de protector solar y crema base para protegerse del sol. Así
que estaba segura de que su aspecto no llamaría la atención si decidía salir del refugio.
Limpiando con esmero un huesecillo del pichón, recordó las cartas que había
recogido del felpudo de la casa de los Burrows. Se limpió la grasa de las manos con
un pañuelo y sacó del bolso el montón de cartas. Había los acostumbrados folletos
que anunciaban servicios de fontanería y decoradores de estilo rústico, que examinó
uno por uno a la luz del mortecino fuego antes de entregarlos a las llamas. Después
encontró algo que parecía bastante más interesante: un sobre de papel Manila con una
etiqueta mal escrita a máquina. L a carta iba dirigida a la atención de la señora C.
Burrows, y el remitente era el Servicio Social de la zona.
Sarah no perdió tiempo en abrirla. Mientras la leía, se oían ruidos de huesos
partidos procedentes de algún lugar en la oscuridad, porque el gato cascaba el cráneo
de la ardilla entre las fauces y después, con su áspera lengua, chupaba avaricioso los
sesos del animalito.
Sarah levantó la vista de la carta. De repente, comprendió con toda claridad qué
era lo que tenía que hacer.