Sarah tosió y se frotó los ojos. No le hacía demasiada gracia tener un fuego
prendido bajo tierra. La leña, que ya de por sí estaba algo húmeda, tenía que ser
preservada de los charcos que había en el suelo de la cámara mediante una plataforma
que ella misma había hecho apilando piedras. Y como no había ningún lugar por el
que pudiera salir el humo, el aire de la cámara estaba tan cargado que le lloraban los
ojos.
Pero en especial, esperaba que estuvieran lo bastante lejos de cualquier persona
para que no detectaran el olor del asado. Consultó el reloj. Habían pasado ya casi
veinticuatro horas desde el incidente, y era muy improbable que los rastreos que
pudieran hacer, especialmente si usaban perros, llegaran tan lejos como hasta aquel
descampado que tenían sobre la cabeza. La policía concentraría sus esfuerzos en el
área cercana al escenario del delito y a los terrenos comunales.
No, no le parecía probable que la descubrieran allí. Además, ningún agente de
policía tendría el fino sentido del olfato que poseía la mayoría de los colonos. Se dio
cuenta de lo segura que se sentía allí metida, en aquella excavación, y sospechaba que
el hecho de encontrarse bajo tierra seguramente tenía algo que ver. Aquel agujero en
la tierra era como un segundo hogar.
Cogió su navaja y clavó la punta en la carne.
—Bueno, la cena está lista —anunció al gato que estaba a su vera. Él pasaba la
mirada de ella a la carne y de la carne a ella con la regularidad de un metrónomo.
Sarah sacó del espetón el primero de los cuerpos, que era de un pichón, y lo puso
sobre un periódico plegado que tenía en el regazo.
—Ten cuidado, que quema —le advirtió al gato ofreciéndole la ardilla, que aún
estaba metida en el espetón. Pero era gastar las palabras, porque el gato se abalanzó
sobre ella, le clavó los dientes y la sacó del espetón. Salió de pronto disparado hacia
un rincón oscuro desde el cual Sarah podía oírlo comer, porque hacía bastante ruido y
no paraba de ronronear.
Ella se pasó el pichón de una mano a la otra, como si hiciera malabarismos, y
sopló para enfriarlo como si se tratara de una patata caliente. Cuando se hubo enfriado
lo suficiente, rápidamente comenzó a comer una de las alas, dándole pequeños
mordiscos a la carne. Al pasar a la pechuga, de la que arrancaba delgadas lonchas que
iba saboreando, empezó a evaluar su situación.
Su norma fundamental de supervivencia era no permanecer nunca mucho tiempo
en ningún sitio y cambiar siempre de lugar, especialmente cuando notaba que estaban