Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 88

9 Las llamas de la pequeña hoguera daban saltos en torno a la leña, iluminando la cámara de tierra con luz parpadeante. Sarah daba vueltas sobre las llamas a un improvisado espetón en el que había dos animales ensartados. La vista de la carne que se doraba suavemente en la lumbre y el olor que desprendía le hicieron darse cuenta de lo hambrienta que estaba. Al gato evidentemente le sucedía lo mismo, si es que indicaba algo la baba que le caía de ambos lados del hocico. —¡Buen trabajo! —le dijo al animal mirándolo de soslayo. El gato no había necesitado que nadie lo animara a salir a buscar algo de comida para los dos. De hecho, parecía encantado de poder hacer aquello para lo que había sido entrenado. En la Colonia, su misión como cazador habría sido atrapar alimañas, en especial ratas ciegas, que se consideraban una extraordinaria exquisitez. Sentada junto al gato, echado en la butaca vecina a la suya, Sarah tenía la oportunidad de examinarlo más detenidamente a la luz del fuego. Su piel sin pelo, como la de un globo viejo y casi deshinchado, estaba llena de cicatrices, y por el cuello tenía heridas de color morado que evidentemente no eran muy antiguas. En uno de los hombros tenía una herida con mal aspecto, un agujero con puntos de un amarillo bastante feo. Era evidente que le molestaba, porque seguía intentando limpiarse la con la pata delantera. Sarah sabía que tendría que curarle la herida pronto, porque estaba infectada, si quería que el animal viviera, una decisión que todavía no había tomado. Pero si había alguna posibilidad de que efectivamente perteneciera a su familia, era evidente que no podía abandonarlo a su suerte. —Entonces, ¿a quién perteneces realmente? ¿A Cal o a mi… mi… marido? — preguntó, encontrando difícil pronunciar la palabra. Acarició suavemente la cabeza del gato sin quitar ojo a los dos animales ensartados en el espetón. El gato no tenía ningún collar que lo identificara, pero eso no le parecía nada sorprendente, porque no era práctica común en la Colonia ponerles collares, ya que se esperaba que los Cazadores se metieran por estrechos pasadizos, y el collar se podía quedar enganchado en cualquier piedra y molestar al animal en su cacería.