Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 85

que podían percibir los oídos humanos. —¡Son murciélagos! —gritó Cal reconociendo de inmediato el sonido. Chester gritó despavorido, pero se quedó, como Will, inmóvil donde estaba, hipnotizado por el espectáculo de aquellos animales que se lanzaban contra ellos a toda velocidad. —¡Corred, idiotas! —les gritó Cal poniendo pies en polvorosa. Un segundo después, el aire estaba cuajado de murciélagos, que eran demasiado abundantes para ser contados, como un enjambre de avispas enojadas y dispuestas a cobrarse su venganza. Pasaban tan rápido que era imposible observar a ninguno en concreto. —¡Esto no me gusta! —exclamó Will notando el seco aire que agitaban las alas como de cuero. Los murciélagos empezaron a abalanzarse sobre los muchachos, virando bruscamente en el último instante. Will y Chester corrieron por la avenida detrás de Cal, sin pensar ni preocuparse por la dirección que tomaban, sino sólo de escapar del ataque de aquellos monstruos voladores. No sabían hasta qué punto los murciélagos podían ser peligrosos: corrían impulsados por una idea simple, por un terror casi primordial, por la necesidad de huir de aquellas bestias gigantes de aspecto infernal. Y, como ofreciendo un remedio a aquella situación, una casa surgió de entre las tinieblas, delante de ellos. De dos pisos de altura, su austera fachada se elevaba por encima de las bajas cabañas circundantes. Parecía construida en una piedra de color brillante, y tenía todas las ventanas cerradas con postigos. A ambos lados tenía anexos que Cal examinó desesperadamente sin dejar de correr, buscando un lugar donde podían refugiarse. —¡Rápido, por aquí! —gritó al ver que la puerta principal de la casa estaba ligeramente entornada. En medio de toda aquella pesadilla, Will miró atrás, justo a tiempo de ver un murciélago especialmente grande posarse en la parte de atrás de la cabeza de Chester. Oyó el golpe sordo con el que se posó. Del tamaño de un balón de rugby, su cuerpo era negro y grueso. El golpe hizo caer a Chester. Will se lanzó para socorrerlo, mientras se protegía la cara con el brazo. Gritando, tiró de Chester para ayudarlo a levantarse. Este empezó a correr bastante aturdido, sin saber muy bien lo que hacía, y Will lo guió hacia la casa desconocida. Daba golpes por delante de sí tratando de mantener a los animales a raya, cuando uno, bajando a toda velocidad, se le posó en la mochila. Sintió un impulso lateral que casi