lo derriba al suelo, pero logró mantener el equilibrio agarrándose al todavía aturdido
Chester.
Will vio que el murciélago había caído al suelo, batiendo inútilmente una de sus
alas. En un momento, otro murciélago se posaba encima de él. Otro más cayó y se
quedó cerca del primero. Y todavía lo hicieron otros, hasta que el murciélago herido
quedó casi oculto bajo los demás, que chillaban ferozmente como si se estuvieran
peleando entre ellos. Mientras el murciélago caído luchaba inútilmente por escapar,
intentando salir de debajo de los otros, Will vio que lo mordían, y que su sangre teñía
de escarlata los dientes, diminutos como agujas, de sus compañeros. Atacaban sin
piedad, mordisqueándole el tórax y el abdomen mientras él lanzaba chillidos
espantosos.
Tropezando y agachándose al lado de Chester, Will prosiguió por lo que quedaba
de la avenida. Subieron la escalera frontal de la casa para entrar en el porche, y
después pasaron por la puerta, que Cal había abierto completamente. En cuanto
estuvieron dentro, el niño cerró la entrada de un portazo. Oyeron varios golpes de
murciélagos que se lanzaban contra la puerta, y después un roce de alas contra ella.
Pero no duró mucho, y quedaron sólo los chillidos agudos, tan débiles que apenas
resultaban audibles.
En la calma que siguió, los chicos trataron de recuperar su respiración normal,
observando el lugar en que se hallaban. Vieron que se encontraban en un imponente
vestíbulo dominado por una gran lámpara de araña cuyas intrincadas formas estaban
cubiertas de polvo. A ambos lados del vestíbulo había una escalera que subía hasta un
rellano trazando elegantes curvas. El lugar estaba vacío: no había muebles, y en los
oscuros muros no había más que restos del papel pintado que tendían a soltarse y
encogerse en rizos. Parecía que la casa llevaba años deshabitada.
Will y Cal comenzaron a caminar sobre la capa de polvo, tan espesa como nieve
recién caída. Chester, que no se había recuperado aún, se apoyaba en la puerta de la
calle, jadeando.
—¿Estás bien? —le preguntó Will, cuya voz sonó baja y amortiguada en la casa.
—Creo que sí. —Chester se incorporó y echó para atrás la cabeza, frotándose el
cuello para aliviar el escozor—. Me siento como si me hubieran pegado con una
pelota de criquet. —Al volver a inclinar la cabeza hacia delante, notó algo.
—¡Eh, Will, creo que deberías ver esto!
—¿Qué pasa?