—No, no; lo dice en serio —explicó Will.
—¿No podríamos seguir nuestro camino? —imploró Chester.
A regañadientes, Will dejó los insectos y los tres reemprendieron su camino por la
avenida central. Habían llegado ante la última cabaña cuando Will les hizo señas de
detenerse. El olor resultaba más potente, y él señalaba algo mientras notaban la brisa
en la cara.
—¿No lo notáis? Creo que viene de allí arriba —observó Will—. Toda esta zona
tiene puesta una especie de red. Mirad los agujeros.
Miraron por encima de los tejados de las cabañas, donde se podía ver un
entramado que antes habían pensado que sería el techo natural de la cámara. Bajo el
peso de todo lo que se había desprendido sobre ese entramado, en algunos lugares se
combaba tanto que casi tocaba el techo de las cabañas, en tanto que en otros lugares el
entramado había desaparecido completamente. Intentaron dirigir la luz por una de
aquellas aberturas, por entre los hierros torcidos del entramado roto, para iluminar el
hueco que quedaba sobre él. Pero no era lo bastante potente y no descubrió nada más
que una inquietante oscuridad.
—¿Podría ser eso la grieta que dio nombre a la ciudad? —pensó Will en voz alta.
—¡Eeeh! —gritó Cal forzando la voz al máximo y provocando que los otros dos
dieran un respingo. Oyeron los vagos ecos de su grito, reverberando en el vacío—. Es
grande —explicó de manera completamente innecesaria.
Después oyeron un ruido. Al principio era suave, algo así como el sonido de las