como si fuera…
—Amoniaco. Sí —interrumpió Will. Iluminó con la esfera el área que tenía
delante de los pies—. Parece que llega de… del suelo. Es como si estuviera en este
barro —comentó apretando el talón contra el suelo de la caverna y poniéndose en
cuclillas a continuación. Cogió un poco de tierra y se la llevó a la nariz—. ¡Buag, es
esta mierda! Apesta. Parece como cagarrutas de pájaro secas. ¿Cómo se llama, guano?
—¿Pájaros? Bueno, eso no está mal —comentó Chester con alivio, recordando la
inofensiva bandada que habían visto en la Colonia.
—No, no son pájaros, esto es distinto —se corrigió Will de inmediato a sí mismo
—. Y no tiene mucho tiempo. Está blando.
—¡Vaya! —dijo Chester entre dientes, mirando a todos lados de manera
desesperada.
—¡Puaj! Hay cositas aquí dentro —observó Will, pasando el peso de su cuerpo de
una pierna a la otra, pero siguiendo en cuclillas.
—¿Qué tipo de cositas? —preguntó Chester, dando casi un salto.
—Insectos. ¿Los ves?
Apuntando la luz a sus pies, Chester y Cal vieron a qué se refería Will. Unos
escarabajos del tamaño de cucarachas grandes se arrastraban pesadamente por la
viscosa superficie de excrementos. Tenían el caparazón de color lechoso, y las
antenas, que eran de un color similar, se movían rítmicamente mientras avanzaban. A
su alrededor había otros insectos más oscuros, pero éstos eran más difíciles de ver
porque según parecía les molestaba más la luz, y se apresuraban a hundirse en los
excrementos.
También vieron que, muy cerca del borde de su común círculo de luz, un
escarabajo grande abría el caparazón. Will se rió de pura fascinación cuando las alas
del insecto despertaron a la vida haciendo un sonido mecánico, como de juguete de
cuerda, para ascender en un vuelo lento y torpe, como el de un abejorro gordinflón.
Una vez en el aire, el escarabajo se desplazó erráticamente de un lado a otro hasta que
desapareció de la vista internándose en la oscuridad.
—Aquí hay todo un ecosistema —dijo Will, absorto ante la variedad de insectos
que encontraba. Al escarbar en los excrementos, descubrió una larva de color pálido y
aspecto hinchado, tan grande como su pulgar.
—Mirad eso. Siempre podríamos alimentarnos con ellas —comentó Cal.
—¡Aaaj! —respondió Chester con un escalofrío—. ¡No seas asqueroso!