Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 82

una puerta de muralla. Y al acercarse más, vieron que había un cartel de metal entre las dos torres que proclamaba «Ciudad de la Grieta» en letras de trazo bastante rudimentario. Pisando cenizas y grava, se atrevieron a avanzar con cautela. A cada lado de ellos, la alta valla se extendía sin interrupción, bloqueando por completo la caverna en toda su anchura. Parecía que no había otro lugar por el que pasar más que la puerta abierta. Haciéndose gestos afirmativos con la cabeza, la atravesaron y, una vez dentro, vieron que había allí unas extrañas edificaciones. —Parece una ciudad fantasma —dijo Chester observando las filas de cabañas dispuestas a cada lado de la avenida central por la que iban caminando—. No puede haber nadie viviendo aquí —añadió esperanzado. Si alguno de los chicos conservaba cierta idea de que las cabañas podían estar habitadas, esa idea se desvaneció en cuanto vieron las condiciones en que se hallaban por dentro. Muchas se habían desplomado, y aquellas que aún se mantenían en pie tenían la puerta abierta o no tenían puerta, y todas las ventanas estaban rotas. —Voy a mirar ésta por dentro —dijo Will. Mientras Chester aguardaba detrás, con nerviosismo, se abrió camino por el umbral por entre un montón de vigas, agarrándose al marco de la puerta para sostenerse. Dio un grito cuando vio que la estructura entera crujía y vibraba presagiando lo peor. —¡Ten cuidado, Will! —advirtió Chester retrocediendo hasta una distancia prudencial por si la cabaña entera se venía abajo—. Parece peligroso. —Sí —murmuró su amigo, pero no iba a detenerse. Se metió más adentro e iluminó todo con la luz mientras se abría paso por entre los escombros caídos en el suelo—. Está llena de literas —informó a los otros dos. —¿De literas? —repitió Cal desde fuera, extrañado, mientras Will seguía curioseando por el interior. Algo se astilló bajo su pie. —¡Maldita sea! Sacó el pie de donde lo había metido, y con cuidado empezó a dar marcha atrás. Se detuvo para observar algo que había en un rincón oscuro, que podía ser una especie de cocina o de estufa. Pero decidió que ya había visto lo suficiente, dado el calamitoso estado del suelo. —¡No hay nada! —les gritó al salir. Siguieron por la avenida central hasta que Cal rompió el silencio. —¿No notas ese olor? —preguntó de repente a su hermano—. Es un olor irritante,