una puerta de muralla. Y al acercarse más, vieron que había un cartel de metal entre
las dos torres que proclamaba «Ciudad de la Grieta» en letras de trazo bastante
rudimentario.
Pisando cenizas y grava, se atrevieron a avanzar con cautela. A cada lado de ellos,
la alta valla se extendía sin interrupción, bloqueando por completo la caverna en toda
su anchura. Parecía que no había otro lugar por el que pasar más que la puerta abierta.
Haciéndose gestos afirmativos con la cabeza, la atravesaron y, una vez dentro, vieron
que había allí unas extrañas edificaciones.
—Parece una ciudad fantasma —dijo Chester observando las filas de cabañas
dispuestas a cada lado de la avenida central por la que iban caminando—. No puede
haber nadie viviendo aquí —añadió esperanzado.
Si alguno de los chicos conservaba cierta idea de que las cabañas podían estar
habitadas, esa idea se desvaneció en cuanto vieron las condiciones en que se hallaban
por dentro. Muchas se habían desplomado, y aquellas que aún se mantenían en pie
tenían la puerta abierta o no tenían puerta, y todas las ventanas estaban rotas.
—Voy a mirar ésta por dentro —dijo Will. Mientras Chester aguardaba detrás, con
nerviosismo, se abrió camino por el umbral por entre un montón de vigas,
agarrándose al marco de la puerta para sostenerse. Dio un grito cuando vio que la
estructura entera crujía y vibraba presagiando lo peor.
—¡Ten cuidado, Will! —advirtió Chester retrocediendo hasta una distancia
prudencial por si la cabaña entera se venía abajo—. Parece peligroso.
—Sí —murmuró su amigo, pero no iba a detenerse. Se metió más adentro e
iluminó todo con la luz mientras se abría paso por entre los escombros caídos en el
suelo—. Está llena de literas —informó a los otros dos.
—¿De literas? —repitió Cal desde fuera, extrañado, mientras Will seguía
curioseando por el interior. Algo se astilló bajo su pie.
—¡Maldita sea!
Sacó el pie de donde lo había metido, y con cuidado empezó a dar marcha atrás.
Se detuvo para observar algo que había en un rincón oscuro, que podía ser una
especie de cocina o de estufa. Pero decidió que ya había visto lo suficiente, dado el
calamitoso estado del suelo.
—¡No hay nada! —les gritó al salir.
Siguieron por la avenida central hasta que Cal rompió el silencio.
—¿No notas ese olor? —preguntó de repente a su hermano—. Es un olor irritante,