—¡Chester, no tenemos tiempo de admirar el chacachaca! —dijo Will.
—No pretendía hacerlo —murmuró Chester como respuesta, comiéndose la
máquina con los ojos.
Empezaron a debatir qué harían a continuación.
—Tendríamos que salir por ahí —dijo Cal enérgicamente, indicando la dirección
con el pulgar.
—Bla, bla, bla —murmuró Chester en voz baja, dirigiéndole a Cal una mirada
desdeñosa—. Ya estamos otra vez.
Will examinó el área de la caverna a la que apuntaba su hermano. Tras un tramo
de unos quince metros al descubierto, había algo que parecía una abertura en la pared,
sobre la que descendía a cada lado una rampa de metal desde una estructura que había
en la parte superior. En la oscuridad, Will no podía ver lo bastante bien como para
estar seguro de que se tratara de una salida.
—La verdad es que no distingo lo que es —le dijo a Cal—. Está demasiado
oscuro.
—Precisamente, por eso deberíamos ir allí —replicó su hermano.
—¿Y si los colonos salen antes de que lleguemos? —preguntó Will—. Sería
imposible que no nos vieran.
—Están tomando el té —contestó Cal, haciéndole a Will un gesto negativo con la
cabeza—. Todo irá bien si vamos justo ahora.
Chester intervino:
—También podemos volver. Volver al túnel y esperar a que el tren haya salido.
—Eso puede suponer horas. Tenemos que ir ahora —dijo Cal en un tono de
evidente irritación—, mientras tengamos la oportunidad.
—¡Vamos a esperar! —contraatacó Chester de inmediato, volviéndose hacia Cal.
—¡Vamos! —insistió el más pequeño, irascible.
—No, nosotros… —respondió Chester, pero Cal levantó la voz y no le dejó
terminar:
—No sabes nada —le dijo con desprecio.
—¿Quién te ha nombrado jefe? —Chester se volvió hacia Will en busca de apoyo
—. ¿No irás a hacerle caso, verdad? No es más que un tonto mocoso.
—Callad —dijo Will entre dientes, con los ojos puestos en la estación y sin
referirse a ninguno en particular.
—Digo que tenemos… —dijo Cal bien fuerte.