volvió para mirarle.
—Esta porquería está por todas partes —se quejó su amigo, y después se puso a
sonarse la nariz por el procedimiento de apretarse una aleta de la nariz y después la
otra con los dedos para eliminar de ella todo el polvo.
—¡Qué desagradable! —comentó Will en voz muy baja cuando Chester se cogió
un moco con los dedos y lo tiró al suelo—. ¿De verdad tienes que hacer eso?
Sin tener en cuenta la opinión de su amigo, Chester observó con atención su cara
y después se miró las manos y brazos.
—Estamos realmente bien camuflados —comentó. Si su ropa y cara ya estaban
sucias antes de someterse a la lluvia de humo negro procedente del tren, lo estaban
mucho más ahora con la lluvia de polvo producido durante la carga de los vagones.
—Sí, vale, si has terminado… —dijo Will—, vamos a echar un vistazo a la
estación. —Pegados uno al otro, él y Chester pasaron por delante del vagón hasta
llegar a un punto desde el cual tenían una visión completa de los edificios. No había el
menor signo de actividad.
Sin hacer ningún esfuerzo por obedecer las órdenes, Cal se acercó a ellos. Era
incapaz de quedarse quieto, de tan nervioso como estaba.
—Escuchad, los ferroviarios están en la estación, pero no tardarán en dejarla.
Tenemos que salir de aquí antes que ellos —insistió.
Will volvió a observar los edificios de la estación.
—Bien, vale, pero iremos los tres juntos y sólo hasta la locomotora. ¿Lo has
entendido, Cal?
Pasaron rápidamente desde el parapeto que representaba el vagón, corriendo
medio agachados, hasta situarse a un lado de la enorme locomotora. Cada poco, como
si fuera un dragón profundamente dormido, la locomotora expulsaba un chorro de
vapor. Podían notar el calor que desprendía aún la gigantesca caldera.
Inconscientemente, Chester puso la mano en una de las enormes planchas de acero
abollado que formaban la base de la máquina, y la retiró de inmediato.
—¡Ay! —exclamó—. ¡Todavía está caliente!
—No me digas —murmuró Cal con sarcasmo mientras bordeaban la enorme
locomotora hasta la parte de delante.
—¡Es imponente! Parece un tanque —comentó Chester con ingenuidad infantil.
Con sus enormes planchas de blindaje y su gigantesco rastrillo quitapiedras, realmente
tenía aspecto de ingenio militar, tal vez de un viejo tanque de guerra.