—Es sólo que están cargando el tren para el viaje de vuelta.
Se fijaron en que había grandes tolvas suspendidas en el aire, por encima de los
vagones de paredes más altas. Eran cilíndricas, tenían al menos el diámetro de un
cubo normal de basura, y parecían hechas de chapas de metal remachadas. Algo salía
de su boca a gran velocidad y pegaba en el suelo de metal de los vagones provocando
un gran estruendo.
—¡Ésta es nuestra oportunidad! —apremió Cal a los otros dos. Se levantó y,
pasando por detrás del furgón de cola, salió disparado por el lateral del tren antes de
que Will pudiera poner objeciones.
—Siempre igual —protestó Chester, pero tanto él como Will lo imitaron y salieron
detrás de Cal, manteniéndose pegados al tren, tal como hacía él.
Corrieron por la fila de los vagones de menos profundidad, pasando aquel en que
habían hecho el trayecto, y después continuaron pegados a los que tenían las paredes
más altas. Sobre la cabeza les caía polvo y escombros, y tuvieron que pararse varias
veces para limpiarse los ojos. Les llevó un minuto entero recorrer toda la longitud del
tren, el tiempo suficiente para que terminaran de cargarlo. Algunos restos del material
que caía de las tolvas salían fuera, y el aire estaba lleno de polvo y arena.
Desenganchada del tren, la locomotora de vapor estaba algo más allá de la vía,
pero Cal se había quedado junto al último de los vagones altos. En cuanto los otros
dos le dieron alcance, Will arremetió contra él y le dio un cachete en la cabeza.
—¡Ay! —gritó Cal flojamente, levantando los puños como si tuviera la intención
de contraatacar—. ¿Por qué has hecho eso?
—Por volver a escaparte, so pánfilo —le regañó Will en voz baja pero furiosa—.
Si vuelves a hacer algo así, nos van a pillar por tu culpa.
—Bueno, pero no nos han pillado… ¿Y de qué otra manera podríamos haber
llegado hasta aquí? —se defendió su hermano.
Will no respondió.
Cal parpadeó muy despacio, un gesto con el que indicaba que su hermano estaba
resultando muy pesado, y se limitó a volver la cabeza para mirar a lo lejos.
—Tenemos que ir a tra…
—Nada de eso. Antes de que nadie se mueva, Chester y yo tendremos que hacer
nuestras comprobaciones. ¡Quédate aquí y quietecito!
Cal obedeció a regañadientes, y se dejó caer en el suelo refunfuñando.
—¿Estás bien? —le preguntó Will a Chester al oír un potente resoplido tras él. Se