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Los muchachos volvieron sobre sus pasos, dejando atrás la oscilante llama azul para
regresar al túnel del ferrocarril. En poco más de veinte minutos llegaron al lugar en
que se había detenido el tren.
Agachados junto al furgón de los guardias, que ahora tenía sin luz sus
polvorientas ventanas, veían la larga lila de vagones que terminaba en la locomotora.
Pero no se veía a nadie; no parecía que hubiera nadie vigilando el tren.
A continuación desplazaron su atención al resto del lugar. Por lo que podían ver,
la caverna que tenían ante ellos debía de tener al menos doscientos metros de lado a
lado.
—¡Conque ésta es la Estación de los Mineros! —dijo Will en voz muy baja,
fijándose en el área que había a la izquierda de la caverna, que estaba salpicada por
una fila de luces. No parecía gran cosa, porque no había más que una fila de casuchas
de un solo piso, bastante or dinarias.
—No es que sea precisamente el famoso andén nueve y tres cuartos de Harry
Potter, ¿verdad? —comentó Chester.
—No… Me imaginaba que sería bastante más grande —dijo Will algo
decepcionado—. Apenas tiene interés —añadió utilizando una frase que su padre solía
usar cuando algo no le impresionaba.
—Nadie se queda aquí mucho tiempo —explicó Cal.
Chester parecía claramente a disgusto:
—Creo que nosotros tampoco deberíamos hacerlo —susurró nervioso—. ¿Dónde
estarán todos? ¿Dónde se habrán metido el guarda y el maquinista?
—Seguramente, dentro de los edificios —dijo Cal.
Se oyó un ruido, un estruendo apagado, como el de un trueno lejano, seguido de
mucho repiqueteo.
—¿Qué demonios ocurre? —preguntó Chester alarmado, al tiempo que los tres se
volvían a esconder en el túnel.
Cal señaló la parte de arriba del tren.