Frunciendo el ceño, se sumergió durante unos segundos en sus propios
pensamientos. Si aquel animal era realmente la mascota de Cal, eso podía corroborar
lo que Joe Waites había escrito en la carta: que Seth había obligado a Cal a ir con él a
la Superficie antes de arrastrarlo a las Profundidades. Eso explicaba la presencia del
gato en aquel lugar: habría acompañado a su amo en la salida a la Superficie.
—Así que saliste de la Colonia con… con Seth… —dijo pensando en voz alta—.
Aunque tú lo conocerás como Will, ¿no? —Repitió el nombre de Will pronunciándolo
con cuidado, buscando la reacción del gato. Pero esta vez no hubo señal alguna por
parte del animal de que entendiera el nombre.
Se quedó callada. Si era verdad que Cal había subido a la Superficie, entonces
¿eran ciertas todas las demás cosas que había leído sobre Seth? Las implicaciones de
eso llegaban demasiado lejos para ella. Era como si sus intensos sentimientos, todo el
amor que profesaba a su hijo mayor, fueran poco a poco vaciados de su interior para
dejar sitio a un rencor horrible.
—¡Cal! —dijo queriendo volver a comprobar la reacción del gato. El animal
avanzó la cabeza ladeándola, y después volvió a dirigir los ojos hacia la entrada de la
excavación.
Lamentando que el gato no pudiera contestar a los cientos de preguntas que le
venían a la confusa mente, Sarah reposó la cabeza contra el respaldo de la butaca.
Todo aquello la desbordaba, y poco a poco fue sucumbiendo al cansancio.
Oyendo a su alrededor el crujido de las maderas y el ocasional golpeteo de tierra
que se desprendía del techo, Sarah clavó la vista brevemente en las diversas raíces que
pendían de lo alto, antes de que los párpados se le cerraran. El dedo se desprendió del
botón de la linterna, las tinieblas inundaron la cámara y, casi de inmediato, se quedó
dormida.