manos abiertas llenas de barro como para que viera que no pretendía hacerle ningún
daño.
Mientras se repantigaba en el asiento, empezó a asaltarla una idea. Estaba
observando la excavación a su alrededor y tratando de averiguar qué era exactamente
lo que la inquietaba, cuando el gato hizo un movimiento de aproximación. Sin estar
todavía muy segura de que se pudiera confiar plenamente en él, Sarah retrocedió, y
después se tranquilizó al ver que se limitaba a frotar el hocico en el respaldo de la
butaca.
Sarah notó que había algo colgado allí, y lentamente acercó las manos para coger
lo que fuera. Parecía un trozo de tela con señales de vieja humedad. Recostándose
contra el respaldo, la desplegó delante de ella. Se trataba de una camiseta de rugby
embarrada, de franjas negras y amarillas. La olfateó.
Frente al potente olor a podrido y humedad que prevalecían en el ambiente,
aparecía otro olor simple, apenas perceptible. Apenas un levísimo recuerdo. Volvió a
oler para asegurarse de que no se equivocaba, y a continuación miró al gato
atentamente. Frunció el ceño al tiempo que la idea, que al principio había sido vaga e
indefinida, empezaba a tomar forma. Fue cobrando fuerza y, como una burbuja que
asciende hasta la superficie del agua, estalló de repente con irrefutable certeza.
—¡Esto era suyo!, ¿verdad? —dijo levantando la camiseta ante el hocico lleno de
cicatrices del gato—. Esto lo llevaba mi hijo Seth… Así que él… ¡él debió de ser el
que excavó este lugar! ¡Dios mío, nunca imaginé que sus aficiones llegaran a tanto!
Durante unos segundos volvió a observar la excavación con renovado interés.
Pero después se vio inmersa en un tumulto de emociones en pugna. Antes de leer
aquella carta, ella a menudo se extasiaba con la idea de entrar en las excavaciones de
su hijo, pensando que ésa sería una forma de acercarse más a él. Pero después de
leerla, era ya difícil disfrutar de aquel descubrimiento. Le resultaba incómodo el lugar,
incómodo el recuerdo de las manos que lo habían abierto.
Negó con la cabeza al tiempo que otra idea se le venía a la mente. Se volvió hacia
el animal, que no había apartado ni un momento los ojos de ella.
—¿Cal? ¿No serás tú el Cazador de Cal?
Al oír aquel nombre, al gato le tembló el hocico, y a la luz de la linterna que
sujetaba Sarah, le brillaron unas gotitas de humedad condensada en los bigotes.
Sarah levantó las cejas.
—¡Santo Dios! —farfulló—. Sí que lo eres, ¿verdad?