desvencijadas, colocadas una al lado de la otra, y en una de ellas estaba ya sentado el gato, sin moverse, como si llevara un rato esperándola.
Dirigió la luz a su alrededor, y contuvo un grito de sorpresa. En su punto más ancho, la cámara de tierra tenía aproximadamente quince metros, pero al final las paredes se habían evidentemente desplomado, y la tierra llegaba casi hasta las butacas. El agua caía del techo de manera constante, y al bordear la pared, metió el pie en un charco profundo. Tan profundo que perdió el equilibrio.
Soltando una maldición, al ver su pie empapado en agua sucia, se agarró a lo más cercano que tenía para mantenerse en pie, que era uno de los puntales que sujetaban el techo. Pero en vez de agarrar sólida madera como esperaba, se quedó en la mano con un montón de astillas húmedas, y ella se cayó contra la pared, en tanto que la pierna se le hundía más en el charco. Y lo peor de todo fue que como el puntal al que había intentado agarrarse se había corrido, en las combadas tablas que sujetaban el techo se abrió un agujero y le cayó encima un torrente de tierra. Fue difícil intentar al mismo tiempo enderezarse y esquivar la cascada de tierra.—¡ Maldita sea!— gritó enfadada—. ¿ Quién sería el imbécil que excavó este lugar? Sacó el pie del charco y se limpió la tierra que le había caído en los ojos. Al menos había conseguido no dejar caer la linterna, que utilizó en aquel momento para examinar más atentamente el lugar en que se encontraba. Recorrió la excavación con cuidado, evaluando el estado de cada puntal: todos ellos parecían hallarse en diferentes estados de descomposición.
Frunciendo los labios, y preguntándose qué la había impulsado a bajar allí, se volvió hacia el gato, que no había movido un músculo mientras ella sufría su accidente. Estaba tranquilamente sentado sobre su butaca, con la cabeza en alto, como si la examinara. Sarah hubiera jurado que en su expresión había cierto regocijo. Parecía talmente que le hubieran resultado divertidas sus payasadas con el charco y el puntal podrido.
—¡ La próxima vez que me quieras llevar a algún sitio, me lo pensaré dos veces!— dijo enojada.
«¡ Cuidado!» Se mordió la lengua, recordando con qué tipo de fiera estaba tratando. Aunque el gato parecía muy tranquilo, los Cazadores, especialmente si se asilvestraban, eran imprevisibles, y ella no debía hacer nada para provocarlo. Se acercó a la butaca vacía, con cuidado de no hacer movimientos repentinos.
—¿ Te importa que me siente?— preguntó con voz amable, mostrándole al gato las
desvencijadas, colocadas una al lado de la otra, y en una de ellas estaba ya sentado el gato, sin moverse, como si llevara un rato esperándola.
Dirigió la luz a su alrededor, y contuvo un grito de sorpresa. En su punto más ancho, la cámara de tierra tenía aproximadamente quince metros, pero al final las paredes se habían evidentemente desplomado, y la tierra llegaba casi hasta las butacas. El agua caía del techo de manera constante, y al bordear la pared, metió el pie en un charco profundo. Tan profundo que perdió el equilibrio.
Soltando una maldición, al ver su pie empapado en agua sucia, se agarró a lo más cercano que tenía para mantenerse en pie, que era uno de los puntales que sujetaban el techo. Pero en vez de agarrar sólida madera como esperaba, se quedó en la mano con un montón de astillas húmedas, y ella se cayó contra la pared, en tanto que la pierna se le hundía más en el charco. Y lo peor de todo fue que como el puntal al que había intentado agarrarse se había corrido, en las combadas tablas que sujetaban el techo se abrió un agujero y le cayó encima un torrente de tierra. Fue difícil intentar al mismo tiempo enderezarse y esquivar la cascada de tierra.—¡ Maldita sea!— gritó enfadada—. ¿ Quién sería el imbécil que excavó este lugar? Sacó el pie del charco y se limpió la tierra que le había caído en los ojos. Al menos había conseguido no dejar caer la linterna, que utilizó en aquel momento para examinar más atentamente el lugar en que se encontraba. Recorrió la excavación con cuidado, evaluando el estado de cada puntal: todos ellos parecían hallarse en diferentes estados de descomposición.
Frunciendo los labios, y preguntándose qué la había impulsado a bajar allí, se volvió hacia el gato, que no había movido un músculo mientras ella sufría su accidente. Estaba tranquilamente sentado sobre su butaca, con la cabeza en alto, como si la examinara. Sarah hubiera jurado que en su expresión había cierto regocijo. Parecía talmente que le hubieran resultado divertidas sus payasadas con el charco y el puntal podrido.
—¡ La próxima vez que me quieras llevar a algún sitio, me lo pensaré dos veces!— dijo enojada.
«¡ Cuidado!» Se mordió la lengua, recordando con qué tipo de fiera estaba tratando. Aunque el gato parecía muy tranquilo, los Cazadores, especialmente si se asilvestraban, eran imprevisibles, y ella no debía hacer nada para provocarlo. Se acercó a la butaca vacía, con cuidado de no hacer movimientos repentinos.
—¿ Te importa que me siente?— preguntó con voz amable, mostrándole al gato las