hacia un lado, lo suficiente para poder meterse, gimiendo por el dolor de las costillas.
Probó a introducir una pierna en la oscuridad, pero no halló ningún sitio firme
donde posar el pie. Agitó los brazos tratando de encontrar algo a lo que agarrarse para
no caer, pero no descubrió nada. Resbaló casi ocho metros y llegó al final, sentada,
deteniéndose con un sonoro golpe. Echó pestes en voz baja y esperó a que el dolor se
le pasara un poco. Después volvió a encender su linterna de llavero.
Para su asombro, resultó que había caído en un hoyo lleno de lo que parecía un
montón de huesos. El suelo tenía una gruesa capa de ellos, todos limpios, blancos y
brillantes a la luz de la linterna. Cogió un puñado en la mano y eligió un diminuto
fémur para examinarlo con detenimiento. Al mirar a su alrededor, vio varios cráneos
pequeñitos. Todos los huesos tenían marcas de dientes y, a juzgar por su tamaño,
podían ser de conejo o de ardilla. Después vio un cráneo mucho más grande, que
tenía pronunciados colmillos.
—Un perro —dijo, identificándolo enseguida. Junto al cráneo había un grueso
collar de cuero, oscurecido con sangre reseca.
¡Se encontraba, evidentemente, en la guarida del gato!
De pronto, recordó el artículo del periódico que había leído en el hotel.
—¡Así que eres tú el que se ha estado comiendo a los perros! —dijo—. Tú eres la
bestia de Highfield —añadió con asombro y una risita, dirigiéndose hacia la
oscuridad, al lugar en el que oía la regular respiración del gato.
Se levantó, notando cómo se partían bajo sus pies los huesos desechados, y
empezó a bajar por la galería que salía del hoyo de los huesos. Las paredes de aquella
galería estaban reforzadas con puntales que a su experto ojo no le parecieron muy
resistentes: presentaban indicios de podredumbre y de verdín acumulado por la
excesiva humedad. Lo peor de todo era que no había suficientes puntales para sujetar
el techo, como si alguien se hubiera entretenido en quitar, más o menos al azar, cierto
número de ellos sin calibrar demasiado las consecuencias que eso podía tener. Movió
su dolorida cabeza hacia los lados, en señal de negación. Desde luego, no se
encontraba en el lugar más seguro del mundo, pero en aquel momento particular, ésa
constituía la menor de sus preocupaciones. Necesitaba un sitio en el que recuperarse
de sus heridas.
La galería descendía y después daba a una gran zona más grande. Observó las
tablas que había tendidas en el suelo, como para pisar por encima del agua, y cuya
superficie estaba recubierta de moho blanco. Había en ella un par de butacas