encontraba en su elemento, y podía sacarle partido a la oscuridad. Pero la mayor preocupación de Sarah era que tenía que alejarse de la casa todo lo que pudiera, y que utilizar las calles más concurridas podía suponer un craso error, porque su cara magullada llamaría la atención de todo el mundo.
Intentó ver qué era lo que había en la dirección en que indicaba el gato: tal vez no fuera mala idea dejar un rastro falso y, si era preciso, dar un rodeo para llegar al hotel. Mientras se debatía consigo misma, el Cazador pegaba en la acera con la pata, impaciente por echar a andar. Observó al gato, consciente de que podría verse obligada a abandonarlo por el camino, ya que no serviría más que para llamar aún más la atención y reducir sus posibilidades de éxito.
— Está bien, te haré caso— dijo tomando por fin una determinación. Hubiera jurado que el gato le dirigía una sonrisa antes de salir corriendo tan rápido que ella se las vio y se las deseó para no quedarse atrás. Según parecía, se dirigían hacia los límites de la parte vieja.
Veinte minutos después, entraron en una calle que ella no conocía y, por la información del cartel de un poste, supo que se dirigían hacia una especie de vertedero municipal. El gato esperó brevemente ante una entrada que había al final de una larga fila de vallas publicitarias, y después entró. Sarah lo siguió, sin discernir otra cosa que una zona de tierra sin allanar, invadida de maleza y rodeada de pequeños arbustos.
El Cazador pasó corriendo junto a un coche abandonado y se dirigió hacia uno de los rincones. Daba la impresión de que sabía perfectamente adonde iba. Se detuvo derrapando un poco y olfateó el aire mientras Sarah se esforzaba por darle alcance.
No estaba lejos de él cuando la prudencia le hizo darse la vuelta para comprobar que nadie los seguía. Pero cuando se volvió de nuevo hacia el gato, no lo vio por ningún lado. Con lodo lo buena que era su visión nocturna, no conseguía descubrir ni rastro del animal. Lo único que veía era montones de arbustos que brotaban del embarrado suelo. Sacó del bolso su linterna de llavero, la encendió y apuntó con ella hacia delante. Entonces, varios metros por delante de donde ella buscaba, descubrió la cabeza del gato que sobresalía de la tierra de manera bastante graciosa.
El animal volvió a meterse dentro y desapareció de la vista. Se acercó a ver y descubrió que había allí una especie de trinchera, la mayor parte de la cual estaba tapada por una tabla de contrachapado. Metió la mano para ver qué había bajo la plancha: daba la impresión de que era un agujero bastante grande. Apartó la plancha
encontraba en su elemento, y podía sacarle partido a la oscuridad. Pero la mayor preocupación de Sarah era que tenía que alejarse de la casa todo lo que pudiera, y que utilizar las calles más concurridas podía suponer un craso error, porque su cara magullada llamaría la atención de todo el mundo.
Intentó ver qué era lo que había en la dirección en que indicaba el gato: tal vez no fuera mala idea dejar un rastro falso y, si era preciso, dar un rodeo para llegar al hotel. Mientras se debatía consigo misma, el Cazador pegaba en la acera con la pata, impaciente por echar a andar. Observó al gato, consciente de que podría verse obligada a abandonarlo por el camino, ya que no serviría más que para llamar aún más la atención y reducir sus posibilidades de éxito.
— Está bien, te haré caso— dijo tomando por fin una determinación. Hubiera jurado que el gato le dirigía una sonrisa antes de salir corriendo tan rápido que ella se las vio y se las deseó para no quedarse atrás. Según parecía, se dirigían hacia los límites de la parte vieja.
Veinte minutos después, entraron en una calle que ella no conocía y, por la información del cartel de un poste, supo que se dirigían hacia una especie de vertedero municipal. El gato esperó brevemente ante una entrada que había al final de una larga fila de vallas publicitarias, y después entró. Sarah lo siguió, sin discernir otra cosa que una zona de tierra sin allanar, invadida de maleza y rodeada de pequeños arbustos.
El Cazador pasó corriendo junto a un coche abandonado y se dirigió hacia uno de los rincones. Daba la impresión de que sabía perfectamente adonde iba. Se detuvo derrapando un poco y olfateó el aire mientras Sarah se esforzaba por darle alcance.
No estaba lejos de él cuando la prudencia le hizo darse la vuelta para comprobar que nadie los seguía. Pero cuando se volvió de nuevo hacia el gato, no lo vio por ningún lado. Con lodo lo buena que era su visión nocturna, no conseguía descubrir ni rastro del animal. Lo único que veía era montones de arbustos que brotaban del embarrado suelo. Sacó del bolso su linterna de llavero, la encendió y apuntó con ella hacia delante. Entonces, varios metros por delante de donde ella buscaba, descubrió la cabeza del gato que sobresalía de la tierra de manera bastante graciosa.
El animal volvió a meterse dentro y desapareció de la vista. Se acercó a ver y descubrió que había allí una especie de trinchera, la mayor parte de la cual estaba tapada por una tabla de contrachapado. Metió la mano para ver qué había bajo la plancha: daba la impresión de que era un agujero bastante grande. Apartó la plancha