Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 68

de distancia de su cabeza y que se detenía en los arbustos que había justo detrás. No se atrevió a mover un músculo, e imploró que a los adolescentes no les diera por ir a recuperarla. No fueron, y Sarah se quedó escuchando las chanzas que se traían entre ellos, hasta que las voces se fueron apagando. Aguardó a que se perdieran completamente de vista, y aprovechó la oportunidad para sacar el pañuelo del bolso y limpiarse con él las heridas de la cara. Pronto renunció a hacerlo, dándolo por imposible, mientras notaba que la sangre le caía por la mejilla. A continuación comprobó cómo estaba el resto de su cuerpo: aparte de la serie de golpes que había recibido en la cabeza, sentía un fuerte dolor en el costado al aspirar hondo. Eso no le preocupó demasiado; la experiencia le decía que no tenía ninguna costilla rota. Atisbo desde su escondite, preguntándose si alguno de los policías heridos ya habría logrado llegar a rastras hasta el camino. Necesitaba más tiempo antes de que dieran la alarma. Pero todo parecía estar tranquilo, y los adolescentes habían desaparecido ya. En cuanto Sarah se aventuró a salir de detrás de los rododendros, el Cazador apareció a su lado, tan silencioso como un fantasma. De nuevo en el camino, se dirigieron juntos hacia el arco de metal que señalaba la entrada en los terrenos comunales. Sarah cruzaba la carretera en dirección a High Street, pero se detuvo en seco para mirar atrás y asegurarse de que el gato la seguía. Estaba sentado en la acera, junto a la cancela, apuntando con el hocico hacia la calle que salía a la derecha, como si tratara de decirle algo. —¡Vamos, por aquí! —gritó ella con impaciencia, señalando con el dedo hacia el centro de la ciudad, donde estaba su hotel—. No tenemos tiempo que perder… —dijo bajando la voz, comprendiendo lo difícil que sería llevar al animal a través de las calles y meterlo en su cuarto sin llamar la atención. Pero el gato seguía mirando a la derecha, impertérrito, tal como haría para indicarle a su dueño que había olfateado una presa. —¿Qué ocurre? ¿Qué hay ahí? —preguntó, regresando a su lado y sintiéndose un poco ridícula por estar conversando con un gato. Consultó el reloj, sopesando las diferentes opciones. Por un lado, no pasaría mucho tiempo antes de que descubrieran la escena que había ante la casa de los Burrows y los terrenos comunales y que todo el barrio de Highfield se llenara de policías. Por otro lado, era una suerte que acabara de hacerse de noche, porque se