preguntó cuánto tiempo llevaría alimentándose por sí mismo allí arriba.—¿ De dónde has salido?— le preguntó con voz suave, pero manteniendo una distancia prudencial.
El animal inclinó la cabeza hacia ella, como intentando comprender la pregunta, y parpadeó. Ella se atrevió a acercarse un poco más, probando a alargar la mano, y el animal se acercó para olfatearle las yemas de los dedos. Lo más alto de la cabeza le llegaba a ella casi a la cadera: se le había olvidado lo grandes que eran aquellos gatos. De pronto, él se acercó hasta tocarla. Sarah se puso tensa, temiéndose lo peor, pero el animal se limitó a frotar la cabeza contra la palma de la mano de ella. Oyó el sonido profundo del ronroneo, que parecía tan potente como el ruido del motor de una lancha. Era una señal inconfundible de que el Cazador tenía intenciones amistosas. Había dos explicaciones posibles para ello: o que la vida en la superficie lo hubiera trastornado un poco; o que, de algún modo, la conociera. Pero en aquel momento no tenía tiempo de andar haciendo preguntas, tenía que decidir rápidamente qué iba a hacer.
Debía alejarse de allí todo lo que pudiera, pero mientras acariciaba la piel de aspecto bastante sarnoso que el gato tenía bajo su hocico increíblemente ancho, comprendió que había contraído con el animal una deuda. Sin duda a esas horas estaría en comisaría si él no hubiera llegado a rescatarla. No podía abandonarlo así como así; si lo hacía, Sarah albergaba pocas dudas de que lo atraparían en la búsqueda a gran escala que tendría lugar en cuanto se descubriera todo.
— Vamos— le dijo al gato dirigiéndose a los terrenos comunales. Su magullada cabeza empezaba a despejarse al ver el camino ante ella. Cuando el Cazador la adelantó, se dio cuenta de que cojeaba ligeramente. Se estaba preguntando cómo se habría hecho la herida cuando oyó voces y vio un grupo de personas a lo lejos. Se salió rápidamente del camino para esconderse tras un par de rododendros, y apretó los dientes al sentir fuertes pinchazos en el costado y en el cuello.
El grupo se encontraba ya más cerca y ella se agachó aún más, hasta pegar la frente palpitante contra la húmeda hierba. Sintió náuseas y sólo deseó no tener que vomitar. No sabía dónde se había metido el Cazador, pero dio por sentado que habría tenido el buen juicio de imitar su ejemplo y esconderse él también.
Unos segundos después oyó las voces con más claridad. Eran jóvenes, probablemente adolescentes. Una lata llegó rodando por el camino hasta justo delante de ella, y después oyó que le daban otra patada. La notó pasar a sólo unos centímetros
preguntó cuánto tiempo llevaría alimentándose por sí mismo allí arriba.—¿ De dónde has salido?— le preguntó con voz suave, pero manteniendo una distancia prudencial.
El animal inclinó la cabeza hacia ella, como intentando comprender la pregunta, y parpadeó. Ella se atrevió a acercarse un poco más, probando a alargar la mano, y el animal se acercó para olfatearle las yemas de los dedos. Lo más alto de la cabeza le llegaba a ella casi a la cadera: se le había olvidado lo grandes que eran aquellos gatos. De pronto, él se acercó hasta tocarla. Sarah se puso tensa, temiéndose lo peor, pero el animal se limitó a frotar la cabeza contra la palma de la mano de ella. Oyó el sonido profundo del ronroneo, que parecía tan potente como el ruido del motor de una lancha. Era una señal inconfundible de que el Cazador tenía intenciones amistosas. Había dos explicaciones posibles para ello: o que la vida en la superficie lo hubiera trastornado un poco; o que, de algún modo, la conociera. Pero en aquel momento no tenía tiempo de andar haciendo preguntas, tenía que decidir rápidamente qué iba a hacer.
Debía alejarse de allí todo lo que pudiera, pero mientras acariciaba la piel de aspecto bastante sarnoso que el gato tenía bajo su hocico increíblemente ancho, comprendió que había contraído con el animal una deuda. Sin duda a esas horas estaría en comisaría si él no hubiera llegado a rescatarla. No podía abandonarlo así como así; si lo hacía, Sarah albergaba pocas dudas de que lo atraparían en la búsqueda a gran escala que tendría lugar en cuanto se descubriera todo.
— Vamos— le dijo al gato dirigiéndose a los terrenos comunales. Su magullada cabeza empezaba a despejarse al ver el camino ante ella. Cuando el Cazador la adelantó, se dio cuenta de que cojeaba ligeramente. Se estaba preguntando cómo se habría hecho la herida cuando oyó voces y vio un grupo de personas a lo lejos. Se salió rápidamente del camino para esconderse tras un par de rododendros, y apretó los dientes al sentir fuertes pinchazos en el costado y en el cuello.
El grupo se encontraba ya más cerca y ella se agachó aún más, hasta pegar la frente palpitante contra la húmeda hierba. Sintió náuseas y sólo deseó no tener que vomitar. No sabía dónde se había metido el Cazador, pero dio por sentado que habría tenido el buen juicio de imitar su ejemplo y esconderse él también.
Unos segundos después oyó las voces con más claridad. Eran jóvenes, probablemente adolescentes. Una lata llegó rodando por el camino hasta justo delante de ella, y después oyó que le daban otra patada. La notó pasar a sólo unos centímetros