—No hay tiempo que perder —se reprendió a sí misma mientras recuperaba el
sentido de la realidad—. Cálmate.
Ignorando los gemidos y las súplicas ahogadas del policía, que seguía rodando por
el suelo con el Cazador sobre él, se acercó tambaleándose hasta el lugar en que
pensaba que había caído la navaja. La recuperó, y a continuación hizo lo mismo con
las cartas. Aunque le costaba trabajo concentrarse en lo que estaba haciendo, estaba
decidida a no dejar ni una en el suelo. Sintiéndose a continuación un poco mejor y
más firme sobre sus pies, se volvió para comprobar el estado del primero de los
policías. Seguía sin moverse en la terraza donde había caído, y era evidente que no
tenía nada que temer de él.
Volviendo al extremo del jardín, vio que el segundo policía estaba tendido de
costado, gimiendo lastimeramente con las manos en la cabeza. El Cazador lo había
soltado y estaba sentado a su lado, lamiéndose una pata. Dejó de hacerlo cuando
Sarah se acercó, y enredó la cola alrededor de las patas, mirándola atentamente. Luego
dirigió sus enormes ojos hacia el policía, que no paraba de quejarse. Lo miró como si
no tuviera nada que ver con el estado en que se encontraba.
Sarah tenía que decidir lo que iba a hacer, y tenía que decidirlo rápidamente. El
hecho de que ambos policías estuvieran heridos y necesitaran ayuda no le importaba
en absoluto. No sentía ni piedad ni remordimiento por lo que les había ocurrido. Eran
víctimas de la necesidad de supervivencia de ella, ni más ni menos. Se acercó al
policía que estaba consciente y se agachó junto a él para sacarle la radio de la
chaqueta.
Con una velocidad que la cogió de sorpresa, él le agarró la muñeca. Pero estaba
débil y sólo podía utilizar uno de los brazos, así que ella se deshizo de su mano sin
mucho esfuerzo y después le quitó la radio: las fuerzas lo habían abandonado, y esta
vez no opuso resistencia. Sarah tiró la radio al suelo y la aplastó con el pie. Sonó
como un objeto de plástico que se rompe.
Con cierto nerviosismo, Sarah dio un paso hacia el Cazador. Aunque eran
sumamente fieros, era raro que los Cazadores atacaran a personas. Se contaban
historias de algunos que se volvían salvajes, y atacaban a su amo o a cualquiera que se
cruzara en su camino. No tenía modo de saber si aquel Cazador era de fiar, después de
la manera en que había tratado al policía. A juzgar por su piel sin pelo que dibujaba la
forma de las costillas como una tienda de campaña mal estirada, parecía que no había
comido mucho últimamente, y que no se hallaba en muy buenas condiciones. Se