Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 65

navaja, de una piedra, de un palo, de cualquier cosa que pudiera servirle como arma. Pero no encontró más que hierba. No tenía nada con qué defenderse. El policía volvió a dirigir su atención hacia ella. Le gritó y la insultó mientras levantaba la porra aún más alto. Ella se preparó para lo inevitable, sabiendo que todo estaba perdido. La golpeó. Pero de repente, al brazo del hombre se adhirió algo que parecía informe y borroso, tal vez a causa de la velocidad con que se movía. Sarah cerró los ojos y, cuando volvió a abrirlos, el brazo del policía ya no estaba donde antes, y la rodilla pesaba mucho menos. Como él había dejado de proferir gritos e insultos, el silencio se hacía extraño. Era como si el transcurso del tiempo se hubiera detenido. No lo podía comprender. Se preguntó si sería que había perdido la conciencia. Entonces vislumbró dos enormes ojos y un resplandor de dientes que eran como una empalizada de afiladas estacas. Volvió a cerrar y a abrir los ojos, pensando que no veía bien a causa de los golpes que había recibido en la cabeza. El tiempo volvió a ponerse en marcha. El policía prorrumpió en un grito desgarrador al tiempo que la soltaba. Torpemente, él trató de ponerse en pie, con un brazo que le colgaba a un lado, como inútil, mientras trataba de defenderse con el otro. Sarah no le podía ver la cara. Fuera lo que fuera aquello que le atacaba, se había arremolinado en torno a su cabeza y hombros en un torbellino de zarpas y patas sin pelo. Sí, veía las patas traseras de un animal, largas y nervudas, que arañaban la cara y el cuello del policía. Él no siguió mucho tiempo de pie: cayó boca arriba, como un bolo de la bolera, mientras el animal seguía arremetiendo contra él. Venciendo su mareo, Sarah se sentó. Se apartó de los ojos el flequillo teñido de sangre y los entrecerró, tratando de ver, tratando de averiguar qué era lo que sucedía. Las nubes se separaron permitiendo a la débil luna arrojar algo de luz sobre la escena. Entonces Sarah distinguió un contorno. ¡No, no era posible! Volvió a mirar, sin dar crédito a lo que veían sus ojos. Era un Cazador, un tipo de gato muy grande criado en la Colonia. ¿Qué demonios hacía allí un Cazador? Haciendo el mayor de los esfuerzos, Sarah avanzó a gatas hasta el poste más cercano y se apoyó en él para levantarse. Una vez en pie, se sintió tan confundida y mareada que tuvo que esperar un rato para recobrarse.