supervivencia de Sarah era demasiado fuerte. Tal vez habría actuado del mismo modo aunque hubiera sabido que se trataba de un policía.
Intentó esquivar al agente, pero él se movió muy rápido para cortarle el paso. De inmediato, le lanzó un puñetazo, pero él estaba preparado.
— Resistencia al arresto— gruñó él al tiempo que blandía algo contra ella. Sarah comprendió qué era lo que tenía en la mano, una porra, en el instante mismo en que la golpeaba. Fue un golpe de refilón en la frente, que inundó su campo de visión de un polvo brillante. Se mantuvo en pie, pero la porra se abalanzó de nuevo sobre ella y le golpeó ahora en la boca. Esta vez cayó a tierra.
—¿ Ya has tenido bastante, piojosa?— preguntó el policía muy airado. Al hablar, la mueca de su boca le escupía las palabras en la cara, porque se había inclinado sobre ella. Sarah hizo lo imposible por descargar otro puñetazo sobre él, pero su debilidad resultó patética, y él esquivó el golpe con facilidad.
—¿ Eso es todo lo que te queda para mí?— dijo él con una risa de odio. Y cayendo sobre ella, la inmovilizó poniéndole la rodilla sobre el pecho. A Sarah no le quedaban fuerzas para oponer resistencia, y el policía estaba furioso, además de pesar mucho. Era como si un elefante macho la utilizara para descansar la pata.
Intentó escaparse moviendo desesperadamente su cuerpo, pero no sirvió de nada. Se sentía cada vez más aturdida, y su mente se tambaleaba en los límites de la conciencia. Todo empezaba a darle vueltas, como si hubiera pasado a formar parte de las imágenes de un caleidoscopio: la traza de la porra de metal en las nubes turbias y el cielo añil, y el neblinoso círculo de la luna eclipsada por la cabeza del policía, una cadavérica máscara de pantomima. Comprendió que se encontraba a punto de perder el conocimiento, y lo curioso es que no se trataba de una sensación del todo desagradable: perder el conocimiento sería penetrar temporalmente en un refugio a salvo del dolor y la violencia, un lugar seguro en el que nada importaba. Se contuvo. No, no podía rendirse. No podía ceder en aquel instante. Desde la terraza, el policía herido lanzó un gemido que hizo que el que atacaba a Sarah se distrajera un instante. Con el brazo en alto, listo para infligir el siguiente golpe, miró un instante a su compañero, al tiempo que deslizaba la rodilla sobre el pecho de Sarah. El aplastante peso se hizo un poco más flojo por un brevísimo momento, algo que le permitió a Sarah tomar aire y recuperar la plena conciencia.
Las manos de Sarah arañaron el suelo a cada lado de su cuerpo en busca de la
supervivencia de Sarah era demasiado fuerte. Tal vez habría actuado del mismo modo aunque hubiera sabido que se trataba de un policía.
Intentó esquivar al agente, pero él se movió muy rápido para cortarle el paso. De inmediato, le lanzó un puñetazo, pero él estaba preparado.
— Resistencia al arresto— gruñó él al tiempo que blandía algo contra ella. Sarah comprendió qué era lo que tenía en la mano, una porra, en el instante mismo en que la golpeaba. Fue un golpe de refilón en la frente, que inundó su campo de visión de un polvo brillante. Se mantuvo en pie, pero la porra se abalanzó de nuevo sobre ella y le golpeó ahora en la boca. Esta vez cayó a tierra.
—¿ Ya has tenido bastante, piojosa?— preguntó el policía muy airado. Al hablar, la mueca de su boca le escupía las palabras en la cara, porque se había inclinado sobre ella. Sarah hizo lo imposible por descargar otro puñetazo sobre él, pero su debilidad resultó patética, y él esquivó el golpe con facilidad.
—¿ Eso es todo lo que te queda para mí?— dijo él con una risa de odio. Y cayendo sobre ella, la inmovilizó poniéndole la rodilla sobre el pecho. A Sarah no le quedaban fuerzas para oponer resistencia, y el policía estaba furioso, además de pesar mucho. Era como si un elefante macho la utilizara para descansar la pata.
Intentó escaparse moviendo desesperadamente su cuerpo, pero no sirvió de nada. Se sentía cada vez más aturdida, y su mente se tambaleaba en los límites de la conciencia. Todo empezaba a darle vueltas, como si hubiera pasado a formar parte de las imágenes de un caleidoscopio: la traza de la porra de metal en las nubes turbias y el cielo añil, y el neblinoso círculo de la luna eclipsada por la cabeza del policía, una cadavérica máscara de pantomima. Comprendió que se encontraba a punto de perder el conocimiento, y lo curioso es que no se trataba de una sensación del todo desagradable: perder el conocimiento sería penetrar temporalmente en un refugio a salvo del dolor y la violencia, un lugar seguro en el que nada importaba. Se contuvo. No, no podía rendirse. No podía ceder en aquel instante. Desde la terraza, el policía herido lanzó un gemido que hizo que el que atacaba a Sarah se distrajera un instante. Con el brazo en alto, listo para infligir el siguiente golpe, miró un instante a su compañero, al tiempo que deslizaba la rodilla sobre el pecho de Sarah. El aplastante peso se hizo un poco más flojo por un brevísimo momento, algo que le permitió a Sarah tomar aire y recuperar la plena conciencia.
Las manos de Sarah arañaron el suelo a cada lado de su cuerpo en busca de la