puerta trasera, y acababa de cerrar cuando a unos centímetros de su oído sonó la voz
de un hombre. Era una voz segura y acusatoria que anunció:
—¡Te pillé!
Una gran mano la agarró del hombro izquierdo y tiró de ella para separarla de la
puerta. Ella sacudió la cabeza con la intención de ver a su asaltante. A la escasa luz que
había, distinguió una mejilla triangular, delgada pero musculosa, y algo que le
provocó un sobresalto: un cuello blanco y el hombro cubierto de tela oscura.
Su mente empezó a darle vueltas al solo pensamiento que le retorcía las tripas.
¡Un styx!
Era fuerte y contaba con la ventaja de la sorpresa, pero ella reaccionó de forma
casi instantánea. Lanzó su brazo contra el de él, desprendiendo la mano de su hombro.
Y, no conformándose con eso, le cogió el brazo y se lo retorció con un movimiento
sencillo pero hábil. Lo oyó tomar aire, asustado, al comprender que las cosas no iban
tal como él se había esperado.
Sarah hizo una contorsión para agarrarlo aún más fuerte, al tiempo que él
intentaba doblarse hacia delante para aliviar la presión sobre la articulación del codo.
Ese movimiento puso su cabeza al alcance de ella, y acababa de abrir la boca para
gritar pidiendo ayuda cuando Sarah le hizo callar con un golpe en la sien. Cayó
inconsciente sobre el suelo de la terraza.
Había incapacitado a su atacante con precisión endiablada y velocidad vertiginosa,
pero no pensaba quedarse allí parada contemplando la perfección de su obra, porque
era muy probable que hubiera otros styx rondando cerca. Tenía que escapar.
Atravesó corriendo el jardín, mientras buscaba en el bolso su navaja. Al llegar al
hueco del seto, pensó que dejaba atrás el mayor peligro y decidió escapar a través de
los terrenos comunales.
—¿Qué le has hecho? —fue el furioso grito que llegó hasta ella al tiempo que una
enorme sombra se cernía en su camino.
Sacó la navaja del bolso, y las cartas que había cogido de la casa salieron volando
y cayeron al suelo como granizo. Pero algo le golpeó en la mano e hizo saltar la navaja
de su puño.
A la luz de la luna, Sarah vio el brillo de plata de la insignia, los números y letras
del uniforme del hombre, y comprendió, cuando ya era demasiado tarde que no eran
styx: eran policías. Policías de la Superficie. Y ya había dejado a uno fuera de
combate. Por desgracia, ese tipo se había cruzado en su camino, y el instinto de