Pasó por el hueco que había en el seto, donde una vez había habido una pequeña
cancela, y cruzó el césped hacia la puerta de atrás. Se detuvo de nuevo a escuchar, y
después apartó con el pie un ladrillo que había al lado del felpudo. No se sorprendió
nada de ver que la llave seguía allí, porque los Burrows eran una familia descuidada.
La utilizó para entrar en la casa.
Cerrando la puerta tras ella, levantó la cabeza y olfateó el aire estanco de la casa.
En efecto, hacía meses que nadie vivía allí. No encendió las luces, aunque sus
sensibles ojos tenían dificultades para distinguir las cosas en el oscuro interior de las
habitaciones; hacerlo hubiera sido demasiado arriesgado.
Atravesó el recibidor hasta la parte delantera de la casa y entró en la cocina.
Palpando con las manos, comprobó que la encimera estaba despejada y los armarios
vacíos. Después regresó al recibidor y pasó a la sala de estar. Se tropezó con algo, un
rollo de plástico de burbujas. Se lo habían llevado todo. La casa estaba completamente
vacía.
O sea que era cierto: el mensaje decía que todo había ido muy mal y allí, en la
impenetrable oscuridad, tenía la confirmación de que la familia se había disuelto. Ya
había leído que el profesor Burrows había encontrado la Colonia, bajo el mismo
Highfield, y que los styx lo habían mandado a las Profundidades. Lo más probable era
que ya hubiera muerto, porque nadie que llegara muy adentro sobrevivía. Sarah no
tenía ni la más remota idea de adonde habían ido la señora Burrows ni su hija
Rebecca, pero tampoco le importaba. Sólo le importaba Will, y le preocupaba
inmensamente.
Le llamó la atención algo que había en el suelo, junto a la puerta de la calle, y se
agachó para palparlo con las manos. Era una pila de cartas esparcidas sobre el
felpudo. De inmediato empezó a reunirías para metérselas en el bolso. Cuando se
hallaba a medias en esta labor, le pareció oír ruidos…, después la puerta de un
coche…, pisadas sigilosas… y por último tuvo la sensación de que alguien hablaba
allí mismo en voz muy baja.
Los nervios se le pusieron de punta. Se quedó completamente inmóvil. Los ruidos
se apagaron. No sabía a qué distancia estarían, pero no se podía permitir el lujo de
correr riesgos. Aguzó el oído, pero todo estaba en silencio. Pensó que habría sido
alguien que pasaba por delante de la casa, o tal vez algún vecino hablando desde la
suya. Terminó de recoger las cartas. Ya era hora de ir saliendo.
Fue deprisa hacia la parte de atrás, atravesando el oscuro recibidor. Salió por la