clavándolas. Repitió la acción una y otra vez hasta arrancarse la piel. Y, al distraerla de
otros dolores más insoportables, el lacerante dolor le proporcionó un amargo alivio.
Su hijo había sido bautizado en la Colonia con el nombre de Seth, pero en la
Superficie le habían dado el nuevo nombre de Will. Lo había adoptado una familia del
vecindario, los Burrows. Dado que su madre, la señora Burrows, había dejado de ser
persona para convertirse en una especie de sombra que veía transcurrir la vida
arrellanada frente a la televisión, Will había caído, como no podía ser de otra manera,
bajo la influencia de su padre adoptivo, que trabajaba como conservador del museo
local.
Sarah había seguido a Will muchas veces, yendo tras él cuando escapaba en su
bicicleta, con una brillante pala sujeta a la espalda con una correa. Lo contemplaba
mientras él, una figura solitaria con una gorra de béisbol que le cubría sus peculiares
mechones blancos, se metía en la tierra, en los confines de la ciudad o junto al
vertedero del barrio. Lo observaba cavar agujeros sorprendentemente hondos,
animado y dirigido, según suponía ella, por el doctor Burrows. Qué irónico resultaba
todo. Después de que ella escapara de la tiranía de la Colonia, era como si él
pretendiera regresar a ella, como el salmón que vuelve río arriba para desovar en el
lugar en que había nacido.
Pero por mucho que le cambiaran el nombre, ¿qué le había ocurrido a su hijo?
Como ella y como su hermano Tam, Will llevaba en sus venas la sangre de los
Macaulay, una de las antiguas familias fundadoras de la Colonia. ¿Cómo podía haber
degenerado de esa manera durante los años vividos en la Superficie? ¿Qué le había
sucedido? Si el mensaje decía la verdad, era como si Will se hubiera trastornado, algo
así como el perro enloquecido que ataca a su amo.
Un ave graznó por encima de su cabeza, y Sarah se asustó y se agazapó tras las
ramas inferiores de una conífera. Se quedó escuchando, pero no oyó más que el
viento que se filtraba por entre los árboles y la alarma de un coche que sonaba de
manera intermitente a varias calles de distancia. Echando un último vistazo al terreno
comunal que dejaba atrás, se dirigió con cautela al jardín de los Burrows. Se detuvo
en seco, porque había tenido la sensación de haber visto luz tras las cortinas de la sala
de estar. Pensando que sólo había sido un reflejo de la luna que se habría filtrado un
instante a través de las nubes, observó las ventanas del piso superior, una de las cuales
sabía que pertenecía a lo que había sido el dormitorio de Will. Estaba completamente
segura de que el lugar estaba desocupado.