Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 61

clavándolas. Repitió la acción una y otra vez hasta arrancarse la piel. Y, al distraerla de otros dolores más insoportables, el lacerante dolor le proporcionó un amargo alivio. Su hijo había sido bautizado en la Colonia con el nombre de Seth, pero en la Superficie le habían dado el nuevo nombre de Will. Lo había adoptado una familia del vecindario, los Burrows. Dado que su madre, la señora Burrows, había dejado de ser persona para convertirse en una especie de sombra que veía transcurrir la vida arrellanada frente a la televisión, Will había caído, como no podía ser de otra manera, bajo la influencia de su padre adoptivo, que trabajaba como conservador del museo local. Sarah había seguido a Will muchas veces, yendo tras él cuando escapaba en su bicicleta, con una brillante pala sujeta a la espalda con una correa. Lo contemplaba mientras él, una figura solitaria con una gorra de béisbol que le cubría sus peculiares mechones blancos, se metía en la tierra, en los confines de la ciudad o junto al vertedero del barrio. Lo observaba cavar agujeros sorprendentemente hondos, animado y dirigido, según suponía ella, por el doctor Burrows. Qué irónico resultaba todo. Después de que ella escapara de la tiranía de la Colonia, era como si él pretendiera regresar a ella, como el salmón que vuelve río arriba para desovar en el lugar en que había nacido. Pero por mucho que le cambiaran el nombre, ¿qué le había ocurrido a su hijo? Como ella y como su hermano Tam, Will llevaba en sus venas la sangre de los Macaulay, una de las antiguas familias fundadoras de la Colonia. ¿Cómo podía haber degenerado de esa manera durante los años vividos en la Superficie? ¿Qué le había sucedido? Si el mensaje decía la verdad, era como si Will se hubiera trastornado, algo así como el perro enloquecido que ataca a su amo. Un ave graznó por encima de su cabeza, y Sarah se asustó y se agazapó tras las ramas inferiores de una conífera. Se quedó escuchando, pero no oyó más que el viento que se filtraba por entre los árboles y la alarma de un coche que sonaba de manera intermitente a varias calles de distancia. Echando un último vistazo al terreno comunal que dejaba atrás, se dirigió con cautela al jardín de los Burrows. Se detuvo en seco, porque había tenido la sensación de haber visto luz tras las cortinas de la sala de estar. Pensando que sólo había sido un reflejo de la luna que se habría filtrado un instante a través de las nubes, observó las ventanas del piso superior, una de las cuales sabía que pertenecía a lo que había sido el dormitorio de Will. Estaba completamente segura de que el lugar estaba desocupado.