Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 60

radio de búsqueda, alejándose cada vez más, hasta los barrios vecinos.
Y entonces, poco después del quinto cumpleaños de su hijo, un día, volviendo a Highfield, lo encontró ante la oficina principal de correos. No sólo se tenía ya firmemente sobre los pies, sino que corría como loco llevando en la mano un dinosaurio de juguete. Era ya completamente diferente del niño que había dejado en el cementerio. Y, sin embargo, lo había reconocido de inmediato. Era inconfundible con su indisciplinada mata de pelo blanco, el mismo pelo que tenía ella, aunque ella se veía obligada a teñirlo para pasar desapercibida.
Había seguido a Seth y a su madre adoptiva hasta casa desde las tiendas para averiguar dónde vivían. Su primer impulso fue raptarlo para recuperarlo. Pero era demasiado peligroso intentar una cosa así teniendo a los styx tras sus pasos. De esa forma, una temporada tras otra, sin fallar ninguna, regresaba a Highfield aunque sólo fuera por un rato, desesperada por obtener aunque fuera un breve vislumbre de su hijo. Lo contemplaba a través del jardín de la casa, que era como un abismo infranqueable. Creció y le engordó la cara, que llegó a parecerse tanto a la suya que pensaba a veces que estaba mirando su propio reflejo en el cristal de los ventanales.
En aquellas ocasiones, teniéndolo a una distancia tan tentadoramente corta, le entraban ganas de llamarlo, pero nunca lo había hecho. No podía hacerlo. A menudo se preguntaba cómo reaccionaría él si atravesara el jardín para entrar en la sala de estar y, una vez allí, lo cogía y lo abrazaba. Se le hacía un nudo en la garganta cuando imaginaba la escena, desarrollándose ante ella como en un melodrama de la televisión, una escena en la que se miraban el uno al otro y se reconocían con los ojos llenos de lágrimas, mientras él no dejaba de repetir, una y otra vez, la palabra « mamá ». Pero todo eso ya había quedado atrás. Y si había que creer el mensaje de Joe Waites, el niño se había convertido en un asesino y tendría que pagar por sus crímenes.
Como si estuviera en un potro de tortura, se desgarraba entre el amor que había sentido hacia su hijo y el odio que la desbordaba. Esos dos sentimientos tiraban cada uno hacia un lado, como para partirla por la mitad. Eran ambos tan fuertes que, entre uno y otro, se sentía en un estado de profunda confusión.
¡ Ya estaba bien! Tenía que reaccionar ¡ Por todos los santos! ¿ Qué le estaba ocurriendo? Su vida, tan controlada y disciplinada durante años, se deslizaba en aquellos momentos hacia el desorden. Tenía que recobrar el autodominio. Puestas en forma de rastrillo, Sarah se pasó las uñas de una mano por el reverso de la otra,
radio de búsqueda, alejándose cada vez más, hasta los barrios vecinos.
Y entonces, poco después del quinto cumpleaños de su hijo, un día, volviendo a Highfield, lo encontró ante la oficina principal de correos. No sólo se tenía ya firmemente sobre los pies, sino que corría como loco llevando en la mano un dinosaurio de juguete. Era ya completamente diferente del niño que había dejado en el cementerio. Y, sin embargo, lo había reconocido de inmediato. Era inconfundible con su indisciplinada mata de pelo blanco, el mismo pelo que tenía ella, aunque ella se veía obligada a teñirlo para pasar desapercibida.
Había seguido a Seth y a su madre adoptiva hasta casa desde las tiendas para averiguar dónde vivían. Su primer impulso fue raptarlo para recuperarlo. Pero era demasiado peligroso intentar una cosa así teniendo a los styx tras sus pasos. De esa forma, una temporada tras otra, sin fallar ninguna, regresaba a Highfield aunque sólo fuera por un rato, desesperada por obtener aunque fuera un breve vislumbre de su hijo. Lo contemplaba a través del jardín de la casa, que era como un abismo infranqueable. Creció y le engordó la cara, que llegó a parecerse tanto a la suya que pensaba a veces que estaba mirando su propio reflejo en el cristal de los ventanales.
En aquellas ocasiones, teniéndolo a una distancia tan tentadoramente corta, le entraban ganas de llamarlo, pero nunca lo había hecho. No podía hacerlo. A menudo se preguntaba cómo reaccionaría él si atravesara el jardín para entrar en la sala de estar y, una vez allí, lo cogía y lo abrazaba. Se le hacía un nudo en la garganta cuando imaginaba la escena, desarrollándose ante ella como en un melodrama de la televisión, una escena en la que se miraban el uno al otro y se reconocían con los ojos llenos de lágrimas, mientras él no dejaba de repetir, una y otra vez, la palabra « mamá ». Pero todo eso ya había quedado atrás. Y si había que creer el mensaje de Joe Waites, el niño se había convertido en un asesino y tendría que pagar por sus crímenes.
Como si estuviera en un potro de tortura, se desgarraba entre el amor que había sentido hacia su hijo y el odio que la desbordaba. Esos dos sentimientos tiraban cada uno hacia un lado, como para partirla por la mitad. Eran ambos tan fuertes que, entre uno y otro, se sentía en un estado de profunda confusión.
¡ Ya estaba bien! Tenía que reaccionar ¡ Por todos los santos! ¿ Qué le estaba ocurriendo? Su vida, tan controlada y disciplinada durante años, se deslizaba en aquellos momentos hacia el desorden. Tenía que recobrar el autodominio. Puestas en forma de rastrillo, Sarah se pasó las uñas de una mano por el reverso de la otra,