Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 59

indicios de vida en toda ella. Todo lo contrario: una caja de embalaje olvidada bajo el cobertizo, y el estado del jardín hablaban a las claras de meses de abandono. No aminoró la velocidad al pasar por allí, captando con el rabillo del ojo un cartel arrancado de la inmobiliaria en la crecida hierba detrás de la alambrada. Siguió por la fila de casas idénticas hasta el final de la avenida, de donde salía un callejón que iba a los terrenos comunales. Echó atrás la cabeza y abrió bien las aletas de la nariz, introduciendo aire en los pulmones, aire con una mezcla de olores de campo y de ciudad. El humo de los tubos de escape y la masa de personas competían con la hierba mojada y toda la vegetación que la rodeaba. Aún había demasiada luz, así que mató el tiempo abriéndose camino hacia el centro de los terrenos comunales. Apenas había recorrido una pequeña distancia cuando unas pesadas nubes de color gris atravesaron el cielo adelantando el anochecer. Sonrió y se volvió de inmediato hacia el camino que circundaba el terreno. Siguió el camino durante unos cientos de metros y después se metió por entre la vegetación, pasando por entre árboles y arbustos hasta que vio la parte trasera de las casas de Broadlands Avenue. Caminando con disimulo de una a otra, fue observando a los ocupantes desde la parte de fuera de sus jardines. En una de las casas, una pareja anciana estaba sentada con fría formalidad ante la mesa, sorbiendo la sopa. En otra, un hombre obeso, en camiseta y calzoncillos, fumaba y leía el periódico. Los habitantes de las dos casas siguientes no estaban a la vista, ya que tenían las cortinas corridas, pero a continuación una mujer joven se hallaba de pie junto a las ventanas jugando con un bebé, subiéndolo en el aire y bajándolo. Sarah se detuvo, con el deseo de verle la cara a la mujer. Notando que empezaban a despertarse en su interior ciertas emociones y una fuerte sensación de pérdida, apartó los ojos del niño y de la madre y siguió su camino. Por fin llegó a su destino: el mismo lugar, detrás de la casa de los Burrows, al que tantas veces había acudido esperando atisbar el más leve vislumbre de su hijo, que crecía apartado de ella. Después de que se viera obligada a dejarlo en el cementerio de la iglesia, lo había buscado por todo Highfield. Durante los siguientes dos años y medio, poniéndose gafas de sol hasta que llegó a acostumbrarse a la dolorosa luz del día, había rastreado las calles y rondado por las escuelas de la localidad a la hora en que los padres iban a recoger a los niños. Pero no vio ni rastro de él por ningún lado. Había ampliado el