Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Seite 54

mano hacia la muñeca que tenía puesta la pulsera. —¿Se puede saber qué haces, Will? —Quiero moverla un poco para que se vea mejor —le explicó—. ¡Will! Pero Will no escuchaba. Había cogido la pulsera con el índice y el pulgar y la movía con cuidado. —¡No, Will! ¡Por Dios, Will, no deberías…! Todo el cadáver tembló y a continuación simplemente se desplomó en el suelo, con lo que se levantó una nube de polvo. —¡Vaya! —exclamó Will. —¡Muy bien! ¡Lo has hecho muy bien! —Chester tragó saliva al tiempo que tanto él como Will daban un paso atrás—. ¡Mira lo que has hecho! Mientras la nube de polvo se asentaba, Will miró con pesar y vergüenza la desordenada pila de huesos y la ceniza gris que tenía ante él: parecían los restos de un montón de leña después de apagada la hoguera. El cuerpo se había desintegrado. —Lo siento —dijo. Con un escalofrío, se dio cuenta de que tenía la pulsera en los dedos, y la dejó caer encima del montón de huesos. Renunciando a su deseo de tomar fotos, Will se puso en cuclillas junto a la mochila para dejar la cámara. Acababa de cerrar el bolsillo lateral cuando notó que tenía polvo en las manos. Inmediatamente, empezó a inspec cionar el suelo sobre el que pisaban Chester y él. Con cara de asco, se levantó enseguida y se sacudió los pantalones. Acababa de comprender que estaban sobre una capa de varios centímetros de polvo y diminutos fragmentos de hueso de cadáveres descompuestos. Caminaban sobre los restos de muchos cadáveres. —¿Volvemos? —sugirió, sin querer alterar en exceso a su amigo—. Mejor dejamos a estos… —Me parece muy bien —respondió Chester con agradecimiento, y sin querer saber el porqué—. Este lugar me pone los pelos de punta. Ya habían caminado unos cuantos metros de regreso, cuando Will se detuvo a contemplar las silenciosas filas de fardos apoyados contra las paredes. —Han depositado aquí a miles. Generaciones enteras —comentó pensativo. —Realmente, deberíamos… Chester se paró en mitad de la frase, y a regañadientes Will apartó la mirada de los cadáveres para dirigirla al rostro preocupado de su amigo. —¿Viste adonde iba Cal? —preguntó Chester.