se podía soportar, y se vieron obligados a retroceder y taparse la cara con los brazos.
—Pero esto ¿qué es? —preguntó Will, aunque ninguno de los otros dos contestó,
porque estaban embobados por la extraña belleza del fuego. Porque en su base, donde
surgía de la roca ennegrecida, la llama era casi transparente para luego transformarse
en un espectro de colores, desde unos amarillos y rojos relucientes hasta una
asombrosa gama de verdes, que adquirían luego un tono magenta sumamente intenso
en la cúspide. Pero la suma de todos aquellos colores era la luz azul que se proyectaba
en todo y que los había atraído hasta ese lugar. Se quedaron allí, juntos, con la
iridiscente visión reflejada en sus pupilas, hasta que el silbido remitió y la llama
perdió fuerza y fue recuperando su tamaño original.
Como si en ese instante los tres despertaran de un embrujo, se volvieron hacia los
lados para ver lo que había a su alrededor. Podían distinguir una serie de aberturas
oscuras en los muros de la cámara.
Will y Chester se dirigieron hacia la más próxima. Al penetrar cautamente en ella,
la luz de las esferas que llevaban en la mano se mezcló con el azul de la llama
decrecida para revelar lo que había allí. Miraran donde miraran, estaba lleno de fardos
del tamaño de una persona, apoyados contra las paredes. En algunos sitios, la fila
tenía dos o tres fardos de grosor.
Envueltos en tela polvorienta, cada uno de los fardos estaba rodeado varias veces
por algún tipo de cuerda o soga. Algunos parecían más recientes que otros, pues su
contenido estaba recubierto por una tela menos sucia y polvorienta.
Pero los más viejos estaban tan sucios que apenas se distinguían de la roca que
tenían detrás. Seguido de cerca por Chester, Will se dirigió a uno de aquellos fardos y
le acercó la esfera de luz. La tela se había podrido y caído a trozos, de manera que
permitía ver lo que había dentro.
—¡Dios mío! —dijo Chester, tan rápido que las dos palabras sonaron como una
sola. Al mismo tiempo, Will contuvo un grito.
La reseca piel estaba pegada al rostro de una calavera, que les devolvía la mirada
desde las cuencas vacías de sus ojos. Aquí y allá, el marfil mate del hueso limpio
surgía a través de las grietas de la oscurecida piel. Al mover Will la esfera de luz,
pudieron ver otras partes del esqueleto: costillas que sobresalían de la tela, y una
mano con aspecto de araña que descansaba en una cadera cubierta de piel tan tensa
como un viejo pergamino.
—Supongo que serán coprolitas muertos —murmuró Will mientras seguía