Ligeramente avergonzado, Will asintió con la cabeza.
—Sí… un poco.
Consiguió devolverle a Chester la sonrisa, aunque sonreír era lo último que le
apetecía en aquel preciso instante.
Llegaron donde estaba Cal, que, completamente emocionado, farfullaba algo sobre
una luz.
—¡Os lo dije! ¡Mirad ahí! —Saltaba arriba y abajo, señalando hacia el interior de
un largo pasadizo que salía del túnel del tren. Will miró y vio un leve resplandor azul
que parpadeaba como si estuviera a una gran distancia.
—Venid conmigo y no os quedéis atrás —ordenó Cal y, sin esperar la reacción de
Will ni de Chester, se lanzó a caminar a un ritmo endiablado.
Will intentó gritarle, pero su hermano no se detuvo.
—Pero ¿quién se ha creído que es? —dijo Chester mirando a Will, que se limitó a
encogerse de hombros mientras se ponían en camino—. No puedo creerme que un
enano me ordene lo que tengo que hacer —se quejó entre dientes.
Notaron que la temperatura ascendía de repente, haciéndolos jadear. El aire era tan
seco, árido y abrasador que el sudor se evaporaba de la piel en el instante en que
afloraba.
—Dios mío, esto es sofocante. Parece España o algo así —se quejó Chester sin
dejar de caminar, pero desabotonándose la camisa para rascarse el pecho.
—Bueno, si los geólogos no se equivocan, la temperatura debería subir un grado
por cada veintiún metros que nos acerquemos al centro de la Tierra —recordó Will.
—¿Y eso qué significa? —preguntó Chester.
—Eso significa que ya deberíamos habernos calcinado.
Mientras seguían a Cal, preguntándose adonde los estaba llevando exactamente, la
luz aumentaba en intensidad. Parecía como si latiera, iluminando un instante las
irregulares paredes que los rodeaban, y disminuyendo al instante siguiente hasta
quedarse en tan sólo un pequeño brillo azulado al final del pasadizo.
Dieron alcance a Cal justo cuando éste llegaba al final del pasadizo. Salieron de él,
y ante ellos apareció un gran espacio abierto.
Del centro mismo de ese espacio salía una sola llama que tenía unos dos metros de
altura. No le quitaron los ojos de encima mientras, con un potente silbido, la llama
creció hasta cuadruplicar su altura, lanzándose contra el techo y lamiendo una abertura
de forma circular que había justo encima de ella. El calor de la llama era más de lo que