Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Seite 484

—¡Tienes que ayudarles! —le dijo a Drake. Él le dirigió una mirada de impotencia: —¿Qué puedo hacer yo? Son muchísimos, y sólo traje cócteles. Ellos son todo un ejército. —¡Pero tienes que hacer algo! —le exhortó. —¿Qué propones? ¿Que les tire piedras? —preguntó él, con voz temblorosa a causa de la angustia. Pero Sarah tenía al menos que intentar ayudar a sus hijos. Sin que se diera cuenta Drake, que seguía mirando lo que ocurría tras el menhir, empezó a arrastrarse por el suelo. Estaba decidida a llegar donde se encontraban Cal y Will, aunque tuviera que detenerse para descansar cada pocos metros. Tenía la visión afectada, lo cual hacía que todo resultara borroso y desenfocado, pero perseveró, levantando la temblorosa cabeza y mirando por un ojo casi completamente cerrado los reflectores que lanzaban su luz cuesta abajo. Oyó la cuenta atrás de las gemelas, y los gritos de desesperación que provenían del final de la cuesta. Vislumbró una pequeña figura que avanzaba hacia el haz de luz. Supo por intuición materna que se trataba de Cal. El corazón le palpitó con toda la fuerza que cabía en su debilidad. Alargó una mano hacia donde él estaba, tan lejos de ella. Lo vio agitar los brazos con frenesí y oyó sus gritos de desesperación. Entonces le dispararon. Lo vio morir. Dejó caer la mano al suelo. Hubo terribles gritos, después un estrépito insoportable, y el aire se llenó de lo que a su aturdida cabeza le parecieron cometas llameantes. El suelo tembló como ella nunca lo había visto temblar, como si la caverna entera se estuviera derrumbando. Entonces cesaron la luz y el ruido, y en su lugar sólo quedó una espantosa quietud. Había llegado demasiado tarde. Seguramente era demasiado tarde para todos. Hubiera querido llamar a Cal, pero no le había dado tiempo. Lloró lágrimas llenas de polvo. Comprendió lo estúpida que había sido. Nunca debería haber dudado de Will. Los styx la habían intentado engañar para hacerle cometer el error más grande de toda su inútil y penosa vida. Habían convencido a la abuela Macaulay de la culpabilidad de Will. La pobre anciana, embaucada, había creído sus mentiras. Ahora le resultaba a Sarah completamente evidente que los styx estaban acabando