Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Página 479

brazo de su hermano al golpear en el húmedo suelo, que fue como el rebote de un objeto de goma inanimado, y también el hecho de que sólo llevaba puesto un calcetín. Debía de haberse vestido tan deprisa que se le había olvidado ponerse el otro: eso pensó Will en algún remoto rincón del cerebro. Después el cuerpo cayó por el borde del precipicio. La cuerda que Will llevaba atada a la cintura se tensó completamente, y esa repentina tensión tiró de él y le obligó a dar varios pasos. Bartleby, que había aguardado obediente donde lo había dejado Cal, puso en movimiento las patas y arrancó a correr tras su amo, perdiéndose de vista al otro lado del borde del Poro. La fuerza con que la cuerda tiraba de Will aumentó, y comprendió que el gato debía de haberse subido al cuerpo de Cal. Will resultaba parcialmente visible a los tiradores styx, y las balas pasaron silbando por delante de los reflectores, que enfocaban hacia atrás y hacia delante con un movimiento tan rápido que producía un efecto estroboscópico. Las balas caían a su alrededor como una lluvia de metal, aullando en el aire, rebotando en los menhires y levantando puñados de tierra a sus pies. Pero Will no hizo intento alguno de ocultarse. Se apretó las sienes con las manos, chilló con todo el aire de sus pulmones hasta que no le quedó por emitir más que un bronco graznido. Tragó más aire y volvió a chillar, sólo que esta vez podía oírse, si no muy bien, la palabra «¡basta!». Los Limitadores habían dejado de disparar y, a su vez, Chester y Elliott habían dejado de gritar para llamar su atención. Will se balanceó sin moverse del sitio. Estaba aturdido, olvidado de la cuerda que le mordía la cintura, haciéndole tambalearse al tirar de él. Pero él no sentía nada. Cal estaba muerto. Esta vez no había dudas en la mente de Will. Podría haber salvado la vida de su hermano si se hubiera rendido a las gemelas. Pero no lo había hecho. Ya una vez había pensado que Cal se había ido para siempre, sólo que después Drake había obrado un milagro y lo había resucitado. Pero esta vez no podía haber indultos, nada de finales felices. Ya no. Will se sintió aplastado por el intolerable peso de su responsabilidad en lo ocurrido. El, y sólo él, era el responsable de tantas vidas destruidas. Veía las caras: la del tío Tam; la de la abuela Macaulay… Gente que lo había dado todo por él, gente a la