Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 477

sus amigos. Will oía lo que decían las Rebeccas, pero no era más que ruido para él, como si ya no pudiera entender el significado de las palabras. Como si hubiera descendido sobre él una densa niebla. Ya no podía hacer más que quedarse sentado, apuntalando el menhir. Miró el suelo a su alrededor, cogió con desgana un puñado de tierra, y la apretó dentro del puño. Al levantar la cabeza, sus ojos encontraron el rostro de Cal, por cuyas mejillas caían abundantes lágrimas. Will no tenía ni idea de qué decirle. Ni siquiera podía empezar a explicar lo que él mismo sentía por la muerte de la abuela Macaulay, de forma que volvió la cabeza en la dirección opuesta. Al hacerlo vio que Elliott había abandonado su posición tras el menhir. Reptando como una serpiente, atravesaba el arco y se acercaba al borde del Poro, hacia el primero de los escalones de piedra que no llevaban a ningún lado. Unido a Elliott por la cuerda, Chester había empezado el mismo recorrido y no estaba muy lejos de ella. Intentando recobrarse, Will tiró la tierra que tenía en la mano. Volvió a mirar a Chester. Sabía que debía seguirlo, pero no podía: no podía moverse. Estaba sumergido en un torbellino de indecisiones. ¿Debería dar la partida por perdida, y simplemente entregarse? ¿Sacrificarse en un intento de salvar la vida de su hermano, de Chester y de Elliott? Era lo menos que podía hacer… Al fin y al cabo, él era el que los había metido en aquel embrollo. Y si no se rendía, seguramente todos estaban sentenciados. —Entonces, ¿qué decides, hermanito? —le empujó una de las Rebeccas—. ¿Vas a elegir bien? Elliott estaba ya completamente oculta en el tramo de escalera, pero evidentemente estaba oyendo todo lo que decían las gemelas. —No, Will. Eso no va a servir de nada —le dijo. —¡Estamos esperando! —gritó la otra Rebecca, que había perdido por completo las ganas de reírse—. ¡Te damos diez segundos, tú verás! —Empezaron la cuenta atrás, en la que las voces de las hermanas se alternaban para anunciar cada segundo. —¡Diez! —¡Nueve! —¡Dios mío! —murmuró Will, volviendo a mirar a Cal—. ¡Ocho! Con el cuerpo sacudido por los sollozos, el niño le decía a su hermano algo incomprensible, y Will no era capaz de responderle más que negando con la cabeza. —¡Siete!