Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 475
Vamos a hacerte una oferta increíble.— Pero antes tenemos que volver— añadió la otra. Will vio a la doble hermana girarse con delicadeza sobre las puntas de los pies y empezar a subir la cuesta con idéntica ligereza.— Podría darle a una …— susurró Elliott. Se había vuelto a colocar en el rifle.—¡ No, espera!— le suplicó Will.—… pero no a las dos— terminó de decir Elliott.— No, eso sólo empeoraría las cosas. Vamos a oír lo que proponen— rogó Will. Se le heló la sangre al imaginarse a la jauría de perros de presa bajando la cuesta hacia ellos cuatro, y desgarrándolos miembro por miembro como si fueran el zorro de una cacería. Mientras veía las dos figuras que se perdían de vista entre los menhires, se negaba a abandonar toda esperanza. No podía aceptar que aquél fuera el fin de los cuatro.
Pero ¿ qué más tramaban las hermanas? ¿ Cuál sería esa oferta que tenían que hacerle?
Sabía que no tendría que esperar mucho para enterarse. Y, efectivamente, las gemelas volvieron a gritarle en rápida alternancia:— A tu alrededor la gente tiene la costumbre de morirse, ¿ verdad?— Como ese vividor, el tío Tam, al que nuestros hombres hicieron trizas.— Y ese bufón gordito, Imago. Me dijo un pececito que bebió más de la cuenta …—… pero ahora es un muerto muy sobrio— apuntó la otra gemela.— Por cierto, ¿ te has tropezado ya con tu madre real? Sarah está por aquí abajo y te anda buscando.— No sé quién le habrá metido en la cabeza que tú tienes la culpa de la muerte de
Tam, y …—¡ No! ¡ Ya sabe que eso no es cierto!— gritó Will con voz quebrada. Por un instante las gemelas se quedaron calladas, como si no se lo esperaran.— Bueno, no se nos volverá a escapar— prometió una de las gemelas, cuya voz ya no sonaba tan llena de confianza.
— No, desde luego que no. Y ya que estamos de reunión familiar, hermanita, ¿ por qué no le hablamos de la abuelita Macaulay?— sugirió la otra en tono severo; no parecía nada desconcertada por la intervención de Will.
—¡ Ay, sí, se me olvidaba la abuelita! Se murió— respondió la otra sin rodeos—. De causa no natural.
Vamos a hacerte una oferta increíble.— Pero antes tenemos que volver— añadió la otra. Will vio a la doble hermana girarse con delicadeza sobre las puntas de los pies y empezar a subir la cuesta con idéntica ligereza.— Podría darle a una …— susurró Elliott. Se había vuelto a colocar en el rifle.—¡ No, espera!— le suplicó Will.—… pero no a las dos— terminó de decir Elliott.— No, eso sólo empeoraría las cosas. Vamos a oír lo que proponen— rogó Will. Se le heló la sangre al imaginarse a la jauría de perros de presa bajando la cuesta hacia ellos cuatro, y desgarrándolos miembro por miembro como si fueran el zorro de una cacería. Mientras veía las dos figuras que se perdían de vista entre los menhires, se negaba a abandonar toda esperanza. No podía aceptar que aquél fuera el fin de los cuatro.
Pero ¿ qué más tramaban las hermanas? ¿ Cuál sería esa oferta que tenían que hacerle?
Sabía que no tendría que esperar mucho para enterarse. Y, efectivamente, las gemelas volvieron a gritarle en rápida alternancia:— A tu alrededor la gente tiene la costumbre de morirse, ¿ verdad?— Como ese vividor, el tío Tam, al que nuestros hombres hicieron trizas.— Y ese bufón gordito, Imago. Me dijo un pececito que bebió más de la cuenta …—… pero ahora es un muerto muy sobrio— apuntó la otra gemela.— Por cierto, ¿ te has tropezado ya con tu madre real? Sarah está por aquí abajo y te anda buscando.— No sé quién le habrá metido en la cabeza que tú tienes la culpa de la muerte de
Tam, y …—¡ No! ¡ Ya sabe que eso no es cierto!— gritó Will con voz quebrada. Por un instante las gemelas se quedaron calladas, como si no se lo esperaran.— Bueno, no se nos volverá a escapar— prometió una de las gemelas, cuya voz ya no sonaba tan llena de confianza.
— No, desde luego que no. Y ya que estamos de reunión familiar, hermanita, ¿ por qué no le hablamos de la abuelita Macaulay?— sugirió la otra en tono severo; no parecía nada desconcertada por la intervención de Will.
—¡ Ay, sí, se me olvidaba la abuelita! Se murió— respondió la otra sin rodeos—. De causa no natural.