Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 456

«¿Y tú dónde estás, Elliott?», se decía tratando de localizar sus huellas. Sabía que serían más difíciles de descubrir debido a la manera que tenía ella de moverse. Una somera búsqueda no produjo ningún resultado, y decidió que no podía perder más tiempo en aquel examen, porque cada segundo que perdía, Elliott y los muchachos se alejaban de él. De manera que reemprendió la marcha. Unos cientos de metros más allá, volvió a ponerse en cuclillas para inspeccionar el terreno, y después lanzó una exclamación: —¡Ah, caramba! Notó el escozor de los resecadores en la mano, y vio el débil destello que empezaban a emitir. Se limpió la mano enseguida en los pantalones para quitarse las bacterias. Había que hacerlo rápido, antes de que chuparan la humedad de la piel y revivieran con un destello de luz. Si se tardaba un poco más de la cuenta, ya no era posible detener la reacción. Habría sido tan grave y doloroso como si hubiera metido la mano en ácido. Había visto a suficientes perros de presa aullando y brincando de dolor, con el hocico tan brillante como la luz trasera de una bicicleta de la Superficie, como para saber de qué iba la cosa. Pero se había limpiado a tiempo las bacterias y, sabiendo que Elliott no las habría utilizado sin necesidad, empezó a correr. Fue entonces cuando oyó una terrible explosión que tenía lugar en algún punto por delante de él. «Eso suena como si hubieran volado por el aire todas las municiones que yo guardaba», se dijo. Siguió un ruido sordo y profundo que parecía el retumbar de un trueno, aunque duró bastante más que un trueno de la Superficie, y a continuación el viento que corría por el túnel vaciló y cambió de sentido. Si antes avanzaba aprisa, en aquel momento empezó a correr por el túnel a toda velocidad, horrorizado al pensar que ya era demasiado tarde.